DOI: 10.69105/BYCS.2026.14.2.3

 

Gloria-M Tomás-Garrido

Catedrática honoraria de Bioética.

Universidad Católica de Murcia, España.

 

 

TURNO DE GUARDIA
Título original: Heldin (Heroína)
Dirección y guion: Petra Biondina Volpe.
Año: 2025
Música: Emilie Levienaise-Farrouch.
Fotografía: Judith Kaufmann.
Intérpretes: Leonie Benesch, Sonra Riesen, Urs Biher.
Duración: 92 minutos.

 

Floria es una enfermera que trabaja con gran dedicación y profesionalidad en el ala quirúrgica de un hospital suizo. Nunca comete un error, siempre escucha a sus pacientes, y está disponible en caso de emergencia. Pero en la realidad diaria del hospital las cosas pueden descolocarse. Un día, Floria llega para trabajar en el turno de noche; la sala de urgencias está llena y hay falta de personal. El ritmo es frenético; una angustiosa carrera contrarreloj. Ha sido ganadora y nominada a premios importantes (8 premios internacionales y 9 nominaciones).

¿Esta película es real? ¿Acaso un documental? ¿O una exageración?
Quizás de todo un poco, pero primordialmente estamos ante una lección, diría que maravillosa, acerca de la vocación profesional de una mujer joven en el ejercicio de su trabajo en el hospital. Me he permitido, como casi siempre, leer y releer distintas críticas; lo que me ha interesado, lo transmito, agradeciendo a esos autores, en  parte anónimos, su colaboración. La finalidad de este trabajo es resaltar aspectos que la vida y el buen hacer de una enfermera sirven y mucho, para la formación en Bioética.

La protagonista, la enfermera Floria Lind acude por la tarde para realizar su turno en la tercera planta. Durante ese periodo tan solo atenderán a los enfermos dos enfermeras y una más que está haciendo prácticas. El trabajo es ímprobo. Mientras Floria realiza las rondas por las habitaciones, los requerimientos se multiplican y los imprevistos se suceden aceleradamente sin un momento de respiro… la cámara, que se traslada a menudo junto a la protagonista por pasillos y habitaciones, imprime al conjunto una continuidad y un ritmo frenético, tan urgente y descabellado —en el que colabora la banda sonora— que nos llega sin sosiego, mostrando la exigencia de su trabajo y también una denuncia de la precaria atención sanitaria que puede darse en el ambiente hospitalario por distintos motivos. En la película toda la carga recae exclusivamente sobre la enfermera protagonista, a la que persigue la cámara y nos imbuye en sus situación, de tal modo y con tal soltura que todo resulta verosímil, como el diestro manejo de los utensilios médicos, labor que realiza con una naturalidad asombrosa.

«Turno de guardia» es principalmente, y esto es lo que hace grande a la película, un precioso y sentido homenaje a los profesionales de la enfermería. Sin ellos no sería posible el cuidado de los pacientes, no sólo en las lógicas atenciones médicas sino sobre todo en su insustituible labor de acompañamiento, una mano posada en el hombro, una sonrisa, una broma que relaje la excitación, la soledad, la incertidumbre. Los pacientes sufren, cada uno a su manera, y el personaje de Floria Lind, escrito por Volpe, es tan estupendo que seguramente todos querríamos tener a nuestro lado en un hospital a ese tipo de enfermera. Porque al margen de sus problemas —unos aparecen, otros se insinúan: personales, familiares, laborales—, su corazón está con el paciente, empatiza con sus dolidos sentimientos, ella desearía aliviar todo y a todos, aunque desgraciadamente su tiempo no lo permita. Hay momentos que rebosan humanidad, respeto, emociones a flor de piel. Es demasiado realista y desde luego honesta. Es patente que, detrás de cada uniforme hay un ser humano con ilusiones y con problemas. la actriz carga todo el peso en sus hombros con un personaje que se muestra humano, sobrepasado y cálido al mismo tiempo, dando una conexión potente entre protagonista y espectador. Lo que presenciamos es la labor de Floria en un turno de noche donde tendrá que vérselas con un buen número de pacientes, muchos de ellos con enfermedades terminales, los cuales aflorarán sus angustias y dolores, sus urgencias y reclamos, su desobediencia y carencias afectivas… y también su resignación, su adaptación, su dignidad, etc. Floria se mueve de aquí para allá con el más alto profesionalismo, intentando seguir un orden de atención que se interrumpe constantemente por los  reclamos que se van presentando de forma intempestiva. Y luce como una verdadera heroína. Se capta que el ejercicio de la profesión en un hospital a tope es agotador. Puede exigirte todo, llevarte al límite y convertirse en una verdadera carga. Pero la enfermería, y la película lo borda al mostrarlo, es más que eso.

La enfermera profesional y escritora, Madeline Calvelage, anotó en su autografía: «-Nuestra profesión no es el problema. Son las circunstancias-», (2025). Su libro inspiró la película que comentamos. Señala Madeline Calvelage: «-Mi meta es ofrecer una visión de nuestro entorno laboral y mostrar a los pacientes, los problemas y los retos que encontramos, pero, sobre todo, el impacto de la escasez de personal de enfermería en nosotras mismas y en nuestra vibrante profesión. Como podemos ver, sin embargo, todo depende de nosotros». Por eso remata el tema señalando que: «-La enfermería es. La enfermería puede. La enfermería significa-».

De particular interés, tanto cinematográfico como bioético, es el comentario que explica como la película está estructurada como un viaje circular, encuadrado entre el trayecto de ida al hospital y el regreso a casa. Los planos del viaje inicial nos muestran a Floria como una pieza anónima más dentro de la masa urbana. Ese contraste es el primer gran acierto conceptual de la obra: la mujer invisible y anónima en el transporte público se transforma, apenas cruza las puertas del hospital, en una salvadora indispensable para esa micromultitud, también anónima, que satura las salas de guardia. Floria es encarnación de la enfermera modélica: eficiente, trabajadora, meticulosa y con una entereza inquebrantable ante la crisis crónica de personal. Floria es brillante, pero no es Dios. La saturación y el desborde la llevan a cometer errores, recordándonos la vulnerabilidad de quien sostiene un sistema al borde del colapso. La narrativa se desenvuelve sin solución de continuidad, encadenando decenas de eventos que exponen la neurosis del microcosmos hospitalario:

-La paciente adicta al tabaco a la que Floria debe regañar y confiscarle los cigarrillos.

-La impericia de la aprendiz que no logra seguirle el ritmo y exige una tutoría firme.

-La soberbia absurda del paciente de la suite privada que la cronometra y le arroja un reloj de 80.000 francos suizos. Un detalle psicológico brillante: ¿qué sentido tiene medir cada segundo cuando se padece un cáncer de páncreas terminal, si no es el desesperado intento de controlar el escaso tiempo que le queda mediante el abuso de poder?

El verdadero valor del guion radica en sus matices. Ante cada conflicto, la resolución nunca es agresiva ni complaciente; es profundamente humana y sensible. Las costuras del drama médico convencional se rompen para mostrar la empatía real, la que duele y cansa.

El punto culmen de la película —extrañamente ignorado por la crítica especializada— se reserva para el último plano, en el bus de regreso a casa. Allí, la trama rompe la lógica hiperrealista para entregarse al surrealismo puro. Un simbolismo poético de peso enorme marcando el cierre de una de las películas más lúcidas y honestas sobre el oficio de cuidar. Ocurre lo siguiente (y siento el spoiler), la paciente terminal que acaba de fallecer, y a la que Floria cuidó y acondicionó con absoluto respeto post-mortem, se sienta en el asiento contiguo, la enfermera entonces reposa su cabeza cansada sobre el fantasma que la cobija. Floria no puede dejar el trabajo en el hospital; los muertos de los que se hizo cargo viajan con ella y además agradecen sus cuidados. Una muestra de cómo la compasión no se ficha en el reloj de salida.



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