El siglo XXI sobrepasa su primer cuarto de siglo y nos ha surtido de un desarrollo extraordinario en las terapias médicas que, como en las enfermedades oncológicas, están consiguiendo sustantivas mejoras en la supervivencia. La investigación en las ciencias biomédicas está de enhorabuena. Simultáneamente no es extraño advertir una reticencia para no aceptar que el valor moral de la dignidad de cada persona es intangible. No en vano, algún editorial lo llamó concepto no útil. Cuando aparecen la fragilidad, el dolor, o el sufrimiento personal, invitados seguros en la vida y, que con un valor de sentido son vividos como fuente de fecundidad; algunos los interpretan como si anularan o ensombrecieran la dignidad. ¿somos conscientes de ese insistente empeño en negarla, en paralelo con el éxito de unos logros tecnológicos?

Lean la siguiente historia… El doctor Miles J. Bennell ha de volver precipitadamente a su pueblo donde ejerce como prestigioso médico de cabecera para abordar una crisis epidémica de trastornos indefinidos y fobias colectivas. Curiosamente, su llegada coincide con la autocuración de la mayoría de los casos. Su conocimiento profesional y científico de la comunidad donde reside, le otorga un olfato clínico ante cambios sutiles en sus vecinos. Simultáneamente renace su antiguo amor con Beky. Las transformaciones de cada paisano se suceden hasta que sólo ellos dos permanecen en su existencia real; sus conciudanos les animan coactivamente a dejarse transformar. «La invasión de los ladrones de cuerpos» (Don Siegel, 1956) es un filme de ciencia-ficción donde se muestra un proceso de cambio transespecie, a partir de plantas cultivadas con la propiedad de replicar el cuerpo y absorber la mente humana, mientras el replicado duerme. Es capaz de adquirir los recuerdos, hábitos, pensamientos, modos de trabajo y de relaciones humanas, excepto, y esto es clave, todo lo relacionado con el corazón y los mundos de las emociones y los afectos. Los transformados son impasibles; los deshumanizan. Los alegatos de los amigos de Miles y Beky para que accedan a su destructiva transformación, precisamente enfatizan esta clave. La sociedad resultante es mejor, porque no puede padecer sufrimiento, ni preocupación ni compasión. Esto es lo deseable y todo el mundo ha de ser obligado a este cambio transespecie. Beky exige su derecho a amar y ser amada.

No es extraña al cine ni a la sociedad esta temática; acabar con condiciones humanas que son entendidas como causas de sufrimiento y con cuya desaparición la humanidad llegará a ser óptima. Resuenan en estos planteamientos, ideas tan repetidas hoy desde ámbitos como el posthumanismo, el cual aspira mediante el concurso de las tecnociencias a erradicar las limitaciones físicas o psíquicas, las enfermedades, los sufrimientos que consideran no humanos, y alcanzar así el mejoramiento humano. Actualmente las legislaciones han abordado esta supresión del sufrimiento permitiendo diversos modos de eugenesias, eutanasias con mayor o menor pendiente resbaladiza alienante —ciertas condiciones personales no son asumibles en la vida social— o la beneficencia procreativa que afectará inopinadamente la vida de tantas personas. Si bien estos escenarios evocan tiempos siniestros, también presenciamos debates entre legislativos y sociedad, —p.e. sobre el suicidio asistido médicamente en el Reino Unido—; entre los que promueven tesis reduccionistas y negacionistas del valor dignidad personal, y los que la defienden en cada vida personal dependiente, en cada familia con enfermos y en cada comunidad integradora con sus ciudadanos con capacidades distintas.

Las ciencias de la salud comparten los objetivos de sanar, cuidar y acompañar a aquellos que padecen enfermedades o condiciones insalubres, y que, por ellas, conviven con el sufrimiento. Pero ¿qué es el sufrimiento? Quizá el devenir cientifista, tan reluciente y fascinador, ha nublado la comprensión del concepto y de la vivencia. Cada paciente vive su sufrimiento, y el profesional de la salud es capaz de captarlo cuando lo atiende con la escucha en la anamnesis, cuando categoriza sus problemas, cuando confronta con él las terapias, etc. En Medicina pueden darse respuestas al sufrimiento, y de hecho son seculares, desde sus remotos inicios. El «Helping and Healing» de Pellegrino como fin de la medicina y raíz de su comunidad moral. La búsqueda honesta para optimizar el sistema sanitario de manera que permita romper y superar las circunstancias sociales segregadoras o estigmatizantes, que como servidumbres estructurales se abaten sobre los enfermos. Y, sobre todo, el despliegue de unas condiciones y unas virtudes por parte del profesional que le abran a la compasión como fuerza directriz, surgida no como réplica unívoca o estructural, sino como respuesta ética ante la contemplación del sufrimiento. El dolor siempre nos interpela, pero nunca se queda sin nuestra respuesta.

Las ciencias de la salud son heterogéneas, pero su compromiso ético debe ser con el respeto a cada persona en todas las propuestas que desarrollen para ayudarla o curarla; aliviar el sufrimiento acompañando al que sufre. Cualquier reducción cientifista cae repetidamente en causar daños personales y colectivos. No existen condiciones humanas al margen de la existencia de las personas. La Bioética acude con su primera vocación: evitar los daños causados por aquel uso de las ciencias que no se sujeta a los valores morales.

Goza este número de cualificadas y profundas reflexiones en torno a estas ideas. La sección de publicaciones presenta estudios colectivos sobre tecnologías emergentes en medicina y los cuidados que, como sociedad, nos debemos. La película de la sección de Bioética narrativa es uno de los muchos ejemplos de vidas profesionales concretas al servicio del enfermo.

 

DOI: 10.69105/BYCS.2026.14.2.0

 

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