Gloria Mª Tomás-Garrido
Catedrática Honoraria de Bioética
UCAM
He titulado este trabajo con las primeras palabras del poema de John Donne, siempre actuales porque toda persona se enfrenta con la realidad de la muerte. La dimensión de este evento condiciona las actitudes fundamentales del ser humano: la pregunta sobre el sentido de la vida, la pregunta sobre el significado de la historia y la pregunta sobre la persona misma. Las respuestas que se sigan muestran la densidad de quien las afronta.
El miedo a la muerte se centra en su ineludible necesidad y en el modo personalizado de la misma. En ella cristaliza la soledad del hombre. Es el mayor de los enigmas humanos, y cuya resolución comprensiva es imposible.
Incluso las culturas y las religiones se diferencian entre sí por la importancia y el sentido que han conferido a la pregunta, explícita o subconsciente, sobre el misterio del morir.
A veces, parece una paradoja inaceptable, sobre todo cuando se trunca inesperadamente una existencia abierta a un futuro rico en promesas, pero también se puede presentar como una liberación de una existencia sin sentido, tal vez irreversiblemente dominada por la angustia y el sufrimiento.
Con respecto a la primera situación, la evolución de la actitud de los sanitarios y de los pacientes ha acuñado la idea de que la muerte siempre es un fracaso y que hay que retrasar su desenlace a toda costa. En relación con la segunda situación, ante la enfermedad, la fragilidad y la invalidez se citan el derecho a morir. Incluso se antepone este derecho a morir al derecho a vivir.
Es claro que nadie muere para sí mismo, como nadie vive para sí mismo. La muerte de cada uno compromete a la sociedad. Los hombres somos mortales con una dimensión específica. No somos sólo seres que morimos sino que sabemos que vamos a morir. La llegada de la muerte supone enfrentarse al único fenómeno vital que, con independencia de la respuesta humana que se le dé, se va a producir inexorablemente. El poeta Tagore lo expresa bellamente en Pájaros errantes “La muerte pertenece a la vida igual que el nacimiento. / Para andar no sólo levantamos el pie: / ¡también lo bajamos!/”.
Este número de nuestra revista aborda ya en su Editorial, la Eutanasia y las consideraciones éticas acerca de la misma.
Veamos a continuación tres películas que nos pueden ayudar a pensar, repensar y actuar.
AMOR (Michael Haneke, 2012)
Oscar a la mejor película extranjera. Cinco nominaciones más, y veinticinco premios más. En un impecable diseño cinematográfico nos sirve una vianda de muerte que reclama una reflexión El argumento, cuenta los últimos años de la vida de los parisinos Georges y Anne, un matrimonio de músicos octogenarios de reconocido prestigio y vasta cultura, la quintaesencia de la civilización europea ilustrada. Parecen estar muy de acuerdo con la vida. Entre ellos aún existe un amor lleno de delicadeza. Tienen una hija casada que también se dedica a la música y a la que ven muy poco. Un día, Anne sufre una embolia, y queda paralizada de medio cuerpo. Comienza un proceso de degradación física y deterioro mental que pondrá a prueba a su enamorado esposo. Georges cuida con ternura y con impotencia la progresiva desolación de su mujer, la cual deja claro antes de perder la cabeza que “Así no tiene sentido vivir”. Parece que se trata de un filme sincero, auténtico, sobre la belleza del amor humano y sobre la grandeza tierna de la vejez; pero no, la película está llena de rencor hacia la vida, pues para el director, la vida solo es vida cuando excluye el misterio del dolor, la herida del sufrimiento. Hay un nihilismo de salón, estudiado, intelectualizado e ideologizado. Es el nihilismo de la Europa cansada de sí misma, aburrida de mirarse al espejo. Utiliza una situación humana trágica y conmovedora para volcar su propia mirada ideológica sobre la vida. Una mirada que nace, no de la negación del sentido, sino de la negación misma de su posibilidad. Un cine con una forma exquisita y con un fin sombrío, retorcido y perverso. Lógicamente en este contexto Georges matará a Anne. (Ref. Extractos críticas realizadas por Carlos Boyero y Juan Orellana)
VIVIR DOS VECES (María Ripoll, 2019)
Nominada al premio Cine y educación en valores. La película nos relata que a Emilio, profesor de Matemáticas, residente en la ciudad de Valencia, le han diagnosticado Alzheimer. Mientras se resiste a instalarse en casa de su hija, Julia, el insensible marido de ésta, y su nieta, Blanca, decide buscar a la mujer a la que amó en su juventud para confesarle que, habiendo amado a su mujer y siendo feliz con ella, nunca olvidó a su primer amor.
Entre comedía y drama se nos describe el viaje que realiza toda la familia para lograr este encuentro. Aparentemente disparatado, pero es más profundo y puede considerarse revelador no solo de la vulnerabilidad de la persona, sino particularmente de su grandeza. Estamos ante una entrañable aventura acerca del amor en familia, del cuidado de los ancianos, del garbo de la gente joven ante los medios virtuales. Y todo descrito con sencillez y una fina ironía. Fácilmente se pasa de un registro cómico a otro arrebatadamente dramático. Quizás porque cada personaje está descrito con primor de tal modo que va creciendo nuestra empatía por ello como avanza el filme. Por ejemplo, Emilio quiere ocultar su estado a su hija para no preocuparla. La hija, Julia, que trabaja como visitadora médica lucha por hacer lo mejor con cada uno de los miembros de su familia, destilando por los resultados obtenido mucho amor. Y muy entrañable la química entre Emilio y su nieta Blanca. Son geniales los diálogos entre ambos que expresan sin complejos las deficiencias de cada cual.
La nieta le recuerda a su abuelo que está perdiendo indefectiblemente la memoria, mientras que el anciano tilda de coja a Blanca por su disfuncionalidad motriz. Todo se desdramatiza y divierte, con un peso nada despreciable de humanidad de la buena. Queda claro que el amor vence la demencia senil, y que la familia siempre es lo mejor.
LA ESCAFANDRA Y LA MARIPOSA (Julian Schnabel.2007)
Hay vidas que merecen ser llevadas a la pantalla y que, además encierran un material cinematográfico de primer orden. Es el caso de Jean-Dominique Bauby. Nacido en 1952, periodista, carismático redactor jefe de la revista francesa Elle; padre de dos hijos.
El 8-XII-1995 sufrió un accidente cardiovascular que le dejó completamente paralizado, prisionero de su propio cuerpo (la escafandra), y sólo podía comunicarse con el exterior mediante el parpadeo de su ojo izquierdo (la mariposa). Murió el 9-III-1997. En ese periodo, en su silencio exterior, en su cautiverio físico, anímico y psicológico, descubrió y creó un nuevo mundo a partir de su imaginación y su memoria. En el Hospital Ver-Sur-Mer le enseñan un código usando las letras más comunes del alfabeto; su cuidadora le iba deletreando y él asintiendo a cada letra con sólo el parpadeo, realizó la ardua tarea de escribir su autobiografía, «La escafandra y la mariposa», asombrosa afirmación del espíritu humano y éxito literario rebosante de sensibilidad y humanidad que recogía esos dos años de «encarcelamiento» en su cuerpo, de lucha por vivir y por sentir emociones reales o imaginadas, rodeado del cariño y atenciones de médicos y enfermeras, de familia y amigos. Desde su refugio interior y una cama de hospital logró dictar este extraordinario testimonio, que hemos tenido la suerte que haya sido llevado al cine por el gran artista J. Schnabel. El director busca la empatía con ese «cautivo» que aprende a ver y oír en su interior, y que generan una inquietud y sentimiento que contagian al espectador. Especialmente los primeros momentos, tras despertar del coma y ser atendido por el médico, la fisioterapeuta o la logopeda (verdaderos «ángeles de compasión», como ha declarado Schnabel), son de una intensidad y angustia increíbles, entre el desconcierto y el aturdimiento emocional, al comprobar que su pensamiento no se traduce en palabras y que todo se reduce a un monólogo interior que le aísla del entorno (pero que el público escucha sobrecogido). Una dolorosa y esperanzada obra maestra, llena de humanismo, una conmovedora historia de amor y dolor. Termino acudiendo a su libro, que está dedicado a sus hijos:»Para Théophile y Céleste, deseándoles muchas mariposas». Bauby decidió escribir una carta a sus conocidos y amigos y recibió muchas contestaciones. Sobre ellas reflexiona en su libro. “…Esta misiva levantó cierto revuelo y reparó un tanto los perjuicios causados por los rumores. La ciudad, ese monstruo de cien bocas y mil oídos que no sabe nada pero lo cuenta todo. Había decidido, en efecto, ajustarme cuentas, y por un curioso fenómeno de inversión de las apariencias, son aquellos con quienes había establecido relaciones más triviales los que más abordan estas cuestiones esenciales. Su ligereza enmascaraba un alma profunda. ¿Acaso estaba ciego y sordo, o bien se requiere la luz de una desgracia para que un hombre se revele tal como es? Guardo todas esas cartas como un tesoro. Un día me gustaría pegarlas por lo extremos para formar un tira de un kilómetro, que flotaría al viento como una oriflama a la gloria de la amistad. Eso alejará a los buitres».
Granada, enero 2021.

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