Henrietta Lacks vivía en Baltimore cuando enfermó de cáncer de cérvix y fue ingresada en el Johns Hopkins Hospital en 1951, que era de los pocos que atendía a población negra. Murió con 33 años.
Nunca fue consciente de lo mucho que toda la humanidad le debería y que ahora finalmente será reconocido con una estatua suya de bronce en Roanoke, Virginia, según han anunciado su nieto y su hijo que aún vive.
En uno de los episodios más conocidos relacionados con la bioética, durante su estancia en el Hospital, un ginecólogo tomó células cervicales de Henrietta Lacks, sin su consentimiento ni de sus familiares ni informó de sus objetivos.
Posteriormente, comprobaron que esta células tenían un nivel de crecimiento que las hacía inmortales. Las llamaron células HeLa. Estas líneas celulares han sido utilizadas para muchísimas investigaciones: vacunas (polio), SIDA, tratamientos oncológicos, Sars-Cov-2, etc. Ni ella ni sus familiares recibieron reconocimiento ni beneficio por esto.
La erección de esta estatua en la plaza donde estaba la del general confederado Robert Lee, se enmarca dentro del movimiento Black lives matters estadounidense.
La vida de la señora Henrietta Lacks ha sido objeto de un exitoso libro y una serie HBO llamados The Immortal Life of Henrietta Lacks
