DOI: 10.69105/BYCS.2023.11.1.2.2

 

la muerte es una parte de la vida. Es un proceso que exige sus tiempos.

Y no es, como nuestro mundo tecnificado lo describe, el fracaso de la medicina, sino una fase diferente del

proceso de la enfermedad donde los sanitarios y las familias tienen un importante papel que jugar. Y como en

otras disciplinas, como en el nacer, es mejor que sanitarios y familia estén bien formados para que el proceso sea

más natural, menos traumático.[1]

 

 

“Hacia una cultura paliativa” inicia la colección de libros Cultura paliativa de la Fundación Pía Aguirreche.

Los diversos escenarios que comentan en las presentaciones del libro muestran que la sociedad moderna ha establecido una muralla en torno al proceso de morir, arrebatándole su entrañable humanidad.

Se contemplan como objetivos de la medicina, la prevención en la cultura preventiva o la curación, en la curativa. Pero poco se habla, se vive y se culturiza sobre los cuidados cuando estamos muriendo. Tenemos déficit de cultura paliativa en las organizaciones, en las familias y en general, en las sociedades.

Estamos acostumbrados a vivir con unas exigencias de bienestar, éxitos o fortuna y unos horizontes que no contemplan la posibilidad de morir, en la que todos corremos con el 100% de posibilidades. Organizamos la vida laboral, cultural y familiar minimizando los cuidados que nos debemos y cuando una circunstancia nos pone bruscamente delante de la vulnerabilidad, nos damos cuenta de los escasos recursos y redes sociales que necesitaríamos para salir al paso y cuidar dignamente. Y facilitar la dignidad que toda persona merece en las etapas finales de su vida.

Actuar con compasión dignifica los cuidados. Sea quien sea el que los proporcione.

Este libro nos describe un panorama, ciertamente al alcance de todos, pero es de agradecer el empujoncito que nos lanza a la reflexión, a la contemplación de las fases finales de la vida.

 

Cuando la persona consigue combinar la empatía

con la comprensión del dolor llega a sentir verdadera compasión,

que es incondicional. Es importante meditar este sentimiento,

observándolo, sin razonarlo[2]

 

 

El profesor Jacinto Bátiz nos acerca a la filosofía de los cuidados paliativos. Históricamente, estos cuidados han crecido en la estela de la atención a personas con cáncer. Y por ello, es muy descriptivo todo el relato que hace sobre el dolor y el sufrimiento en estas personas, pero, no lo olvidemos nadie se sustrae de morir y acompañar a morir. Por ello la cultura paliativa debe extenderse a sociedad, enfermos y profesionales,

 

Cuando la técnica ya no es suficiente ante la terminalidad

de una enfermedad, la ciencia debe estar acompañada del acercamiento

humano para ayudar a la persona que se encuentra

frente a la muerte. Nuestra sociedad debe asumir también una

cultura paliativa que esté basada en la compasión y en el acompañamiento

a la persona que sufre, dos herramientas fundamentales

de la medicina paliativa[3].

 

Ponerse en la situación del enfermo, de sus necesidades, de su tiempo personal que ya se cuenta por semanas o días, aligera su soledad, le acompaña. Y no sólo empatizan los profesionales o la familia, sino también una figura que comenta el Dr. Bátiz realiza una importante función en equipos de cuidados paliativos como es el voluntario. Así también crece la cultura paliativa en la sociedad, cuando personas se ofrecen con su tiempo y su corazón para coger la mano de una enferma y aliviarle su sufrimiento.

La familia ante los últimos días de su ser querido siente el desgarro del “fracaso” de la medicina y de la separación. Hemos perdido mucha cultura familiar. No sabemos acompasarnos a los tiempos del morir. “La muerte no se programa”

 

Pasaban los días y la enferma continuaba con su cara plácida,

pero los datos clínicos que poseíamos hacían pensar que

estábamos en el tramo final de su vida. Su corazón resistía y las

horas se hacían días y los días meses. Comenzábamos a ver en

los ojos de los familiares dudas de si se estaba prolongando su

agonía. Tratábamos de hacerles ver que la muerte no se programa

y que nosotros, llegada esta fase terminal, no íbamos a hacer

que la muerte llegara antes ni tampoco la retrasaríamos, sino

que trataríamos de que fuera lo más confortable posible para la

enferma y que fuera un trance tan natural como la vida misma.[4]

 

Y sin embargo, los enfermos muriendo nos enseñan mucho de vivir. Pues atender al momento de la muerte capacita para dar valor a lo importante de la vida.

En el último capítulo ofrece un decálogo de cómo expresaría él sus deseos de ser cuidado al final de su vida, que en realidad son la síntesis de la cultura paliativa.

 

[1] Presentación “Hacia una cultura paliativa” Ed. Fundación Pía Aguirreche. Madrid. 2022. Pág.12

[2] Bátiz J. “Hacia una cultura paliativa” Ed. Fundación Pía Aguirreche. Madrid. 2022. Pág. 58

[3] Idem. Pág. 27

[4] Idem, Pág. 74

 

 

fundacionpiaaguirreche.org/hacia-una-cultura-paliativa/

 

Actualización: 17-08-2024



Licencia de Creative Commons
Revista BIOÉTICA Y CIENCIAS DE LA SALUD by SOCIEDAD ANDALUZA DE INVESTIGACIÓN BIOÉTICA is licensed under a Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0).