DOI: 10.69105/BYCS.2024.12.2.2

 

Beatriz López Pastor
IES Séneca, Córdoba

 

Nadie creería que en nuestra sociedad actual de país desarrollado, detrás de la imagen de autosuficiencia, belleza, juventud y éxito que se propaga a los cuatro vientos en las series de televisión, en el cine, en los anuncios publicitarios… existiera también el sufrimiento y la desolación. Inundados por un insaciable deseo de bienestar, cerramos los ojos ante todo lo que nos recuerde el dolor, la otra cara de nuestra realidad que pretendemos ocultar infructuosamente, como ocultos a nuestra mirada están los que Mari Paz Otero en su bello libro de poemas denomina «Los atormentados». Estos no constituyen una especie aparte, sino que podríamos ser cualquiera de nosotros. Sus vidas, cargadas de una profunda angustia psicológica, transcurren entre las demás sin que apenas nos apercibamos de ello. En este punto cobra especial relevancia el «yo lírico» que, al igual que Virgilio le muestra a Dante los horrores del inframundo, así nos desvela a nosotros los más recónditos lugares de una psique humana que se desvanece por momentos. Diríamos que es el nexo de unión, la bisagra que une la realidad de los lectores con ese otro mundo de la enfermedad mental que nos produce pavor. Pero no solo es eso, lo que la joven psiquiatra consigue con sus versos es que conectemos con lo más recóndito de nuestro ser, que perdamos el miedo a mirar hacia dentro y a reconocer al atormentado que habita en nuestro interior. De este modo nos volveremos más humanos, más compasivos con aquellos a los que la sociedad trata de apartar de lo público y relegar a la blanca soledad de una habitación de hospital.

 

La voz de la poetisa fluye a lo largo de los cuatro apartados en que está dividida la obra. En la mayoría de las ocasiones aparece directamente mostrándose como un ser sintiente que sufre enormemente por estos individuos marginados. Intenta ayudarlos, penetrar en su mundo de sombras que permanece ignoto para el resto de los mortales. Pero otras veces, el remordimiento por no poder hallar remedio a sus males hace que se manifieste distante, inútilmente oculta detrás del anonimato que le ofrece el uso de la tercera persona. Este hecho puede observarse muy claramente en el poema «Activismo», incluido en la primera parte del libro titulada «Hablar de lo extraño». Aquí, la psiquiatra, en un ejercicio de autoanálisis, nos abre su mente con total sinceridad para mostrarnos su más íntimo desconsuelo al tener que lidiar con situaciones verdaderamente complicadas.

 

Desde tiempos muy remotos en la historia de la filosofía se han relacionado los conceptos de lenguaje y pensamiento. Aunque no se identifican completamente, sí poseen especiales vínculos de unión. A través del lenguaje conocemos las intenciones y deseos de nuestros semejantes. No es extraño, por tanto, que cuando un trastorno mental sobreviene, el lenguaje sea la facultad que más comúnmente se ve afectada. Por esta razón, nuestra médica madrileña dedica la sección segunda de su libro a este tema. Para ello la titula usando el evocador oxímoron de «Voces de silencio». Aquí nos encontramos con individuos que, o bien han enmudecido, o bien presentan un lenguaje ininteligible que resulta ineficaz para establecer una conversación. Así pues, baldías las palabras, el único camino que queda para introducirse en la mente de sus pacientes es por medio de la observación callada de cada una de sus  expresiones y gestos. Especialmente conmovedor en este sentido es el poema «Eco»:

«Aprendí su gesto de memoria/

pues con él trataba de decirme/

lo que no encontraba yo, tan torpe, en su silencio».

Aquí observamos cómo la autora se culpabiliza ante su incapacidad de aprehender la triste verdad de un alma atribulada:

«y ni en esos días supe yo/

hallar en el silencio el grito sofocado».

 

Si, como hemos visto, la falta de lenguaje ocasiona que los lazos entre psiquiatra y paciente se rompan, no menos graves son aquellas alteraciones de la razón que cursan con un tipo de habla desorganizada y confusa. En estos casos, aunque existen las palabras, son como etiquetas vacías de contenido. Todo esto queda bellamente expresado en el poema «El incendio», en el que vemos cómo la
enfermedad mental es la causante de un discurso incoherente, del todo inútil para el intercambio comunicativo:

«Sus palabras,/

rojizas, calurosas, y mis manos/

que intentan recogerlas,/

abrasadas se vuelven inservibles».

 

Otro tema que aborda Mari Paz Otero es la conexión entre arte y psicología. Ya Aristóteles en su Poética hablaba de la catarsis o purificación de las emociones por medio de la tragedia, aunque podemos hacerlo extensible a cualquier tipo de manifestación artística. Pues bien, a este respecto es bastante significativo el poema «La Violista», en el que queda patente que la música constituye un método eficaz de canalizar sentimientos negativos: -«Hoy su dolor es esta pieza que llega a mis oídos». No en vano esta composición está inserta en la III parte de la obra denominada «Ventanas», nombre que aludiría a las aberturas por la que nuestros miedos e inseguridades salen al exterior, en este caso transformados en una hermosa melodía.

 

De entre la simbología que nuestra joven poeta utiliza, nos ha llamado especialmente la atención la referencia al mar. Quizás sea esta imagen la que mejor simbolice lo insondable de la mente humana, con sus vaivenes emocionales parecidos a olas y con un fondo profundo, al que apenas llega la luz, donde viven seres deformados a causa de soportar la excesiva presión de las aguas. Así, del mismo modo habita en lo más hondo de una psique enferma

«un animal que nunca vimos/

y a quien le suponemos larguísimos colmillos,/

terribles mordeduras venenosas».

En este sentido, la composición «Una colchoneta en medio del océano», la primera de la IV y última parte de este hermoso poemario titulada «Vidas de algún otro», es la que mejor describe lo inexplicable de la locura, que solo la comprende bien quien la sufre porque «es capaz de conocerla, ser su amigo».

 

Finalmente añadiremos que a la novedad del tema tratado, que se sale del yo para centrarse en el tú de los más desfavorecidos, de los que la sociedad intenta zafarse porque de algún modo son el recuerdo constante de la fragilidad humana, se le une un estilo lírico cuidado pero sin artificio que logra adentrarse en lo más hondo de nosotros y remover nuestras conciencias. Todo esto le ha valido a la autora para ser reconocida públicamente con uno de los galardones más altos en el mundo de las letras hispánicas: el premio Adonais.

 

 

Maria Paz Otero
Los atormentados
Ed. Rialp, 2024



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