Hay visitas que generan titulares. Otras dejan fotografías para la historia. Y algunas, las menos frecuentes, dejan preguntas. Preguntas que permanecen cuando las cámaras se apagan, cuando los escenarios se desmontan y cuando la actualidad continúa su curso vertiginoso. La reciente visita de León XIV a España pertenece a esta última categoría. Durante varios días, el Papa recorrió Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife, hablando con jóvenes, políticos, voluntarios, representantes de la cultura, empresarios, educadores y ciudadanos de toda condición. Sin embargo, más allá de los lugares visitados o de los actos celebrados, hubo un hilo conductor que atravesó cada una de sus intervenciones como una corriente subterránea que iba emergiendo una y otra vez con distintas formas: la pregunta por el ser humano.
En una época dominada por la velocidad tecnológica, por la polarización política, por la incertidumbre social y por la fascinación ante los avances científicos, León XIV pareció insistir en algo aparentemente sencillo, pero profundamente revolucionario: antes de preguntarnos qué podemos hacer, debemos preguntarnos quiénes somos. Y esa no es una cuestión exclusivamente religiosa. Es, quizá, la cuestión bioética fundamental de nuestro tiempo. Porque toda bioética comienza mucho antes de los hospitales, de los comités de ética o de los debates sobre inteligencia artificial. Comienza en la imagen que tenemos de la persona humana.
La pregunta que estaba detrás de todos los discursos.
Escuchando atentamente las distintas intervenciones del Papa, resultaba llamativo observar cómo temas aparentemente diversos acababan convergiendo en una misma preocupación.
Cuando hablaba de los pobres, estaba hablando de dignidad.
Cuando hablaba de los jóvenes, estaba hablando de dignidad.
Cuando se refería a la inteligencia artificial, estaba hablando de dignidad.
Cuando defendía la educación, la familia, la cultura o la democracia, seguía hablando de dignidad.
Como si quisiera recordar que la gran crisis contemporánea no es únicamente económica, ecológica o tecnológica. Es una crisis de comprensión del ser humano.
Nuestra sociedad dispone de una capacidad extraordinaria para producir, innovar y transformar el mundo. Sin embargo, con frecuencia parece menos segura cuando debe responder a preguntas más básicas: qué significa vivir bien, qué hace valiosa una existencia, qué merece ser protegido o cuáles son los límites éticos del poder humano.
Quizá por eso uno de los aspectos más interesantes de esta visita ha sido comprobar cómo el Papa evitó entrar en discusiones superficiales para situarse constantemente en un nivel más profundo. No parecía interesado en debatir únicamente sobre problemas concretos, sino en señalar la raíz común de muchos de ellos. Y esa raíz era siempre la misma: la manera en que miramos a la persona.
Una defensa radical de la dignidad humana
Si hubiera que condensar toda la visita en una sola idea, probablemente sería ésta: la dignidad humana no depende de ninguna circunstancia. No depende de la edad. No depende de la salud. No depende de la utilidad social. No depende de la productividad. No depende del reconocimiento público. No depende siquiera de la autonomía.
En una cultura que tiende a valorar a las personas según su rendimiento, su éxito o su capacidad de generar resultados, León XIV recuperó una afirmación que constituye uno de los pilares de la tradición humanista y de la bioética personalista: el ser humano vale por lo que es, no por lo que produce. Puede parecer una afirmación evidente. No lo es. De hecho, gran parte de los dilemas éticos contemporáneos nacen precisamente cuando esta convicción comienza a debilitarse. Cuando el anciano dependiente empieza a percibirse como una carga. Cuando el enfermo se reduce a un coste sanitario. Cuando el migrante se transforma en una cifra estadística. Cuando el pobre deja de tener rostro. Cuando el valor de la vida comienza a medirse con criterios de eficiencia.
León XIV pareció advertir sobre este riesgo de múltiples maneras, recordando que la dignidad precede a cualquier decisión política, jurídica o tecnológica. Y precisamente por ello debe ser el criterio desde el que evaluar cualquier forma de progreso.
La vulnerabilidad como lugar de encuentro
Uno de los momentos más significativos de la visita fue, probablemente, el encuentro con personas en situación de exclusión social. Porque allí apareció una palabra que, aunque no siempre se pronunció explícitamente, estuvo presente de manera constante: vulnerabilidad. Vivimos en una cultura que admira la fortaleza y oculta la fragilidad. Una cultura que exalta la independencia mientras experimenta enormes dificultades para convivir con la dependencia.
Sin embargo, la realidad se empeña en recordarnos otra cosa: todos somos vulnerables. Lo somos al nacer. Lo somos cuando enfermamos. Lo somos cuando envejecemos. Lo somos cuando sufrimos. Lo somos cuando amamos.
La bioética contemporánea está redescubriendo precisamente esta dimensión. Frente a una visión excesivamente individualista del ser humano, cada vez más autores recuerdan que la vulnerabilidad no es una excepción de la existencia humana. Es una de sus características
esenciales.
En este sentido, la visita papal transmitió una idea profundamente relevante para las ciencias de la salud: una sociedad no se define por cómo trata a los fuertes, sino por cómo cuida a los frágiles. Y cuidar implica mucho más que asistir. Implica reconocer. Escuchar. Acompañar. Mirar a los ojos. Devolver humanidad allí donde existe el riesgo de que sólo veamos problemas.
El desafío bioético de la inteligencia artificial
Probablemente uno de los momentos más contemporáneos de toda la visita fue la reflexión sobre las nuevas tecnologías. Resulta significativo que un Papa haya situado la inteligencia artificial en el centro de sus preocupaciones éticas. Pero quizá lo más interesante no fue que hablara de tecnología, sino la forma en que lo hizo.
Mientras muchos debates actuales oscilan entre el entusiasmo ingenuo y el alarmismo apocalíptico, León XIV introdujo una pregunta mucho más importante. No qué puede hacer la tecnología, sino para quién y para qué la utilizamos. Porque la inteligencia artificial no es únicamente un fenómeno técnico. Es también un fenómeno antropológico. Cada algoritmo incorpora una determinada visión del ser humano. Cada decisión tecnológica refleja una escala de valores. Cada avance plantea preguntas sobre la libertad, la justicia, la privacidad, la autonomía y el poder.
En el ámbito sanitario estas cuestiones son especialmente relevantes. La medicina del futuro será cada vez más tecnológica. Pero precisamente por eso necesitará ser cada vez más humana. La tecnología puede ayudarnos a diagnosticar mejor. Puede ayudarnos a predecir enfermedades. Puede ayudarnos a personalizar tratamientos. Pero ninguna inteligencia artificial podrá sustituir la experiencia profundamente humana de acompañar el sufrimiento. Y quizá ahí se encuentre una de las grandes lecciones bioéticas de esta visita: el progreso auténtico no consiste en sustituir al ser humano, sino en servirlo mejor.
Una cultura del cuidado frente a la cultura del descarte
A medida que avanzaban los discursos, iba emergiendo una preocupación recurrente. La posibilidad de que nuestras sociedades terminen normalizando la exclusión de quienes resultan menos útiles. No se trata necesariamente de una exclusión visible. A veces adopta formas mucho más sutiles. La indiferencia. La invisibilidad. La burocratización. La reducción de las personas a categorías. La pérdida de sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno.
Quizá una de las aportaciones más valiosas de la bioética contemporánea consiste precisamente en denunciar estos mecanismos de descarte antes de que se conviertan en costumbre. Porque la historia demuestra que los grandes procesos de deshumanización rara vez comienzan con actos espectaculares. Empiezan cuando dejamos de percibir plenamente la humanidad del otro. Cuando una persona deja de ser alguien para convertirse en algo. Cuando la eficiencia sustituye a la compasión. Cuando la utilidad sustituye al valor intrínseco.
Frente a esta tendencia, la visita de León XIV propuso algo tan antiguo como revolucionario: recuperar la cultura del cuidado. Una cultura capaz de recordar que ninguna vida humana es insignificante.
La esperanza como respuesta ética
Hay un aspecto que quizá pasó más desapercibido entre los análisis políticos y religiosos, pero que posee una enorme relevancia ética. La insistencia en la esperanza. No una esperanza ingenua. No una esperanza que niegue el sufrimiento. No una esperanza construida sobre ilusiones. Sino una esperanza nacida precisamente del reconocimiento de la fragilidad humana.
En el fondo, toda la visita estuvo atravesada por esta convicción. La convicción de que incluso en medio de la incertidumbre tecnológica, de las tensiones sociales, de las crisis culturales y de las heridas personales, sigue siendo posible construir una sociedad más humana.
Desde una perspectiva bioética, esta afirmación posee una importancia enorme. Porque la medicina puede aliviar. La política puede organizar. La economía puede distribuir recursos. La tecnología puede ampliar capacidades. Pero sólo la esperanza permite imaginar un futuro distinto. Y toda transformación ética comienza precisamente ahí: en la capacidad de imaginar que las cosas pueden ser mejores.
Alzad la mirada
Quizá el lema de la visita terminó convirtiéndose también en su mensaje más profundo: «Alzad la mirada»
Alzarla por encima de las ideologías que simplifican la realidad.
Por encima de los algoritmos que pretenden sustituir el juicio humano.
Por encima de las polarizaciones que convierten al adversario en enemigo.
Por encima de las lógicas utilitaristas que reducen el valor de la vida a criterios de rendimiento. Alzar la mirada para volver a descubrir a la persona.
Porque, en el fondo, esa parece haber sido la gran invitación de León XIV a España y, en realidad, a toda nuestra cultura. Recordar que el verdadero progreso no se mide únicamente por lo que somos capaces de hacer. Se mide, sobre todo, por nuestra capacidad de seguir reconociendo la dignidad de cada ser humano, especialmente cuando es vulnerable, frágil o dependiente.
Y quizá sea precisamente ahí donde se juega hoy el futuro de la ética, de la bioética y de nuestra propia humanidad.
Juan de Dios Serrano Rodríguez
Vocal de junta directiva de SAIB.
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