Artículo de reflexión

Pain and suffering: knowing how to comfort.

 

DOI: 10.69105/BYCS.2024.12.2.1.2

 

Gloria Tomás Garrido,

Catedrática de Bioética.

UCAM

 

 

Recibido:  13 de mayo de 2024

Aceptado: 12 de junio de 2024

Publicado: 25 de julio de 2024

 

 

Resumen:

Saber consolar es una respuesta humana a la compresión de la persona, sobre todo, en etapas de la vida como la vejez, donde se ceban las debilidades y la vulnerabilidad, acompañado de la soledad y el futuro menguante. La atención a las personas mayores debe superar la corporalidad limitada para alcanzar el trato digno personal. La bioética puede incorporar la experiencia y afianzar el avance sociológico. El consuelo encuentra su hábitat natural en el entorno familiar y en los cuidados que doten de serenidad la etapa final de la vida de las personas.

Palabras clave: “bioética”, “persona mayor”, “vulnerabilidad”, “cuidados de salud” “soledad”

 

Abstract:

Knowing how to comfort is a human response to the compression of the person, above all, in stages of life such as old age, where weaknesses and vulnerability are primed, accompanied by loneliness and the diminishing future. Attention to older people must overcome limited corporality to achieve personal decent treatment. Bioethics can incorporate experience and strengthen community progress. Consuelo finds its natural habitat in the family environment and in the care that gives serenity the final stage of people’s lives.

Keywords: «Bioethics», «aged», «vulnerability», «healthcare»,  «loneliness»,

 

1. INTRODUCCIÓN

Saber consolar es un valor aceptado universalmente; no porque se nos haya inculcado en la escuela, no porque tenga preeminencia social, no por la difusión en las redes. Es por algo más profundo y peculiar: por haberlo experimentado. Nadie que haya sido consolado o nadie que ha sabido hacerlo, piensa que es una tontería

Hay un elenco de experiencias personales que son definitivas y radicales en una vida, en las que nadie es sustituido por otro, que marcan para siempre; basta hacer una pausa para encontrar en la propia vida, momentos preciosos y experiencias inolvidables, y una de ellas es el consuelo. Desde este ángulo, mi sugerencia es mostrar no tanto desde datos estadísticos, ni con teorías más o menos elaboradas, sino apuntando a lo significativo en la vida cotidiana, que aprender a consolar es aprobar la vida humana, es estar de acuerdo con ella.

 

2. LA VEJEZ

No es fácil, ni definir ni describir el envejecimiento humano. En nuestro caso, nos vamos a referir al tipo de ancianidad que adviene con la edad y que aparentemente supone un declinar del hombre, debido a cierta incidencia cualitativa en su personalidad, en el modo de relacionarse consigo mismo y con los demás, que conlleva al menos molestias.

El significado de la vejez es amplio y complejo. Decimos «este hombre es viejo», pero como todo lo que parece evidente, no nos es tan fácil comprenderlo, ni siquiera describirlo.

Hay una senilidad física que se manifiesta, entre otros factores, en una involución ponderal irregular según los órganos: el bazo pierde el 53,3% de su peso entre los 25 y 85 años, los riñones un 36,4%, el cerebro sólo un 15,8 %, y la suprarrenales un 12%. Hay una reducción del número de células, en especial de las que no tienen poder de regeneración, una disminución de agua intracelular, etc. Desde este punto de vista puramente biológico, la senilidad comienza a los 25 años.

En sentido estricto, no son sólo los factores cronológicos o biológicos los que hacen a un hombre viejo. Se dirá en «Martín Fierro» que «el tiempo sólo es tardanza de lo que está por venir» que, en el caso del anciano, quedará determinado según Heidegger como que «el hombre es un futuro sido»

No se trata de caer en un juego de palabras, pero la experiencia nos avisa que la madurez humana, suele ir unida a un declive biológico, que la plenitud somática no suele responder a la cima espiritual, que existen jóvenes adultos, y viejos que son como niños. La historia nos viene mostrando la riqueza de la ancianidad. Con raras excepciones, las grandes creaciones artísticas y científicas se han realizado por personas mayores. Kant había cumplido los sesenta cuando produce «La crítica de la razón pura». Goethe escribe «El Fausto» con ochenta, Ticiano seguía pintado a los noventa, etc.

En este trabajo nos queremos acercar al anciano que, en el mejor de los casos, pierde la capacidad para retener lo inmediato, se refugia en el pasado, repite una y otra vez sus preocupaciones y ensueños, presenta una disminución de la velocidad psicomotora para expresar experiencias, tiene un cierto empobrecimiento en el razonamiento y en sus aptitudes verbales, etc. Y todo esto, sin ahondar en cuestiones más dolorosas, y no menos reales, de síndromes múltiples y, no graves pero constantes, que suelen cortejarle. También pueden acontecer síntomas y enfermedades más serias y específicas de esas circunstancias: demencia senil, cardiopatía, debilitación de los órganos de los sentidos, malnutriciones, etc. Quizás el síndrome más vital es la soledad, que acaece como un signo de los que ya se han marchado, y como una anticipación de la propia muerte. Estamos las personas proyectadas hacia el futuro, y en los ancianos, se les va acabando. En todo caso, no hay certezas de porqué unos viven mucho más que otros, pero es evidente que hoy, como promedio, se vive el doble de lo que vivían nuestros antepasados no hace ni doscientos años.

La ONU advierte que este envejecimiento de la población es un cambio sin precedentes en magnitud y velocidad en el desarrollo mundial. Es un tema clave a la hora de planificar necesidades de servicios de salud, pensiones, y recursos sociales. Los cuidados a la población envejecida en el sector servicios, ocupa el tercer puesto en actividades, después del cuidado del medio ambiente y de la telecomunicación, consumiendo cada vez más recursos.

Las cuestiones planteadas son múltiples: ¿vale la pena vivir así? ¿compensa el gasto para prolongar los años de vida? ¿quién y cómo deben atender a esas personas? ¿qué calidad de vida hay que evaluar? ¿cuál se merecen? ¿qué se les puede ofertar?, etc.

 

3. BIOETICA PERSONALISTA

Viene bien aquí introducir una experiencia argumentada, que hace un guiño de simpatía o de empatía a toda una vida humana: consiste en recordar la actitud de un prestigioso médico que solía cobrar algo de más a aquellos enfermos hipocondriacos de altos recursos económicos que con excesiva -a veces, desaforada- frecuencia acudían a su consulta, dinero que invertía en libros para la biblioteca del hospital. Ese mismo doctor, algunos fines de semanas, aprovechaba un buen rato para ir visitar a algún enfermo incurable, desahuciado, viejo, y o solitario, la visita se prolongaba hasta que ese enfermo sonreía…

Si a partir de ahora esta anécdota se convirtiera en historia no contada sino vivida, en modelo para acciones similares, se habrá captado un aspecto importante de la bioética personalista -la urdimbre humanizadora- que cura, de manera significativa, las nostalgias e incertidumbres que tozudamente nos acompaña, y con frecuencia nos acongojan, a todos, y más a los abiertamente indefensos

Argumentar el sentido, incluso el modelo de consolar al anciano desde una perspectiva bioética, además de la anécdota, aunque sea clave, exige planteamientos muy serios y comprometidos, que tienen cierto carácter de totalidad; si el consuelo lo proporcionan las personas, habrá que disponer de ellas, y de su dedicación para ejercitarlo; habrá que establecer nuevas líneas y empleo en recursos y orientaciones de trabajo, etc.

Prescindo, aunque no ignoro esos aspectos, para en esta ocasión, apuntar a la preparación en bioética que se precisa en el campo de la corporalidad, cuando ésta entitativamente va a peor, se degrada. El estudio bioético se encuentra, a mi entender, comprendido entre esto dos extremos:

  1. los límites «desde abajo»: buscar y encontrar dónde está la frontera del hombre, qué áreas personales por su intangibilidad, en conciencia, exigen respeto de esa persona que aparentemente ya no da de sí o no da tanto de sí, examinar si hay coacciones que nunca deben hacerse, cómo evitar caer en un relativismo desolador, etc. La bioética tiene que trabajar para que la vida humana no se malogre.
  2. las metas: el hasta dónde hay que llegar, por arriba, en ese cuidado. Ahí no se puede hablar de límites sino de libertad, y no de una libertad cualquiera, sino de la libertad de la generosidad.

Para atender bien al anciano necesitado, aun cuando se llegue o se parta de una serie de principios o reglas, no pueden aplicarse indistintamente a cualquiera, a modo de prontuario; siempre habrá algo que supere a la regla fría, que va roturando un camino más profundo, una dirección vital que, aunque huela a utopía, llegue a armonizar el progreso de la ciencia y el desarrollo social con el enriquecimiento de la conciencia de cada cual.

El bien es complejo, pero, y esto es importante, en lo genuinamente humano, el bien es unitario.

 

4. LIMITES

Con respecto al primer extremo planteado, se necesita un dique no utilitarista porque ningún hombre es un producto, una mercancía, o una cosa. Es necesario encontrar claves, que aporten el humus conveniente para el desarrollo de lo real, de lo personal. Es una bioética fundante, que ilumina y orienta la lectura del gran libro de la vida humana, algo que parece sencillo, pero que implica la honradez y la modestia intelectual de no inventar, sino de descubrir.

En este trabajo se acentúa únicamente el límite que impone la comprensión de la corporalidad humana. Límite que se impone por ser no sólo corporalidad, sino corporalidad humana. Trata de mostrar que la biología no marca tan definitivamente la pauta de la vida, aunque sea una condición esencial de ella. En los ancianos, el cuerpo es por definición deficiente, por lo que si no se lee bien qué hay, mejor, quién hay a través de ese cuerpo, el termino final será inexorablemente la eutanasia a la carta. Una injusticia evidente porque el hombre no sólo tiene cuerpo, no sólo habita en él, sino que es un ser al que el cuerpo le pertenece constitutivamente, y que se expresa en él, que está dotado de significado; la actuación sobre el cuerpo, por muy deteriorado que esté, no puede jamás ser arbitraria.

Sirva para subrayar esta argumentación un texto anónimo, descubierto en la antigua iglesia de Saint Paul de Baltimore:

«Tú tienes derecho a estar aquí, te resulte evidente o no,

Sin duda el universo se desenvuelve como debe,

Mantente en paz con Dios,

De cualquier modo, que lo concibas,

Sean las que sean tus aspiraciones y tus trabajos

Mantén en la ruidosa confusión, paz en tu alma,

Con todas tus farsas. Trabajo y sueño rotos,

Este sigue siendo un mundo hermoso,

Te cuidado. Esfuérzate en ser feliz

Procurando hacer felices a los demás»

Los límites no pueden establecerse considerando lo mínimo que hay que respetar de la persona, sino lo básico: «tú tienes derecho a estar aquí»

El gran poeta Rilke reitera este respeto. Así lo expresó en una de sus cartas: «querido amigo ¿usted no ve cómo todo lo que sucede es siempre un comienzo? Y comenzar en sí, ¡es siempre tan hermoso! Deja que la vida le acontezca. Créame: la vida tiene razón de ser en los casos».

 

5. LAS METAS

La bioética, en tanto que ciencia aplicada, es una base idónea para la lectura de la vida humana, pero quizás no suficiente. La realidad es siempre superior, y nos responde -por decirlo de alguna forma- misteriosamente, de nuestras certezas, de nuestras oscuridades, sin abandonar todos los medios técnicos y humanos a nuestro alcance. Es de donde saldrán tantas pautas, para tratar y tratar muy bien, con mucha dosis de compasión y de comprensión al anciano.

La vida, la de ese anciano, es lo que se me da para interpretar la doctrina, y el hombre que yo me encuentro es alguien abatido por la limitación, que no puede disponer de la independencia que desearía, o que la dependencia que reclama no se le cubre como esperaba, que le resulta prácticamente imposible afrontar la obligaciones laborales, alguien a quien se le han interrumpido proyectos, que quizás, runrunea sentimientos de inutilidad, inseguridad, miedo, incomprensión, dolor por la pérdida de seres queridos, con una tendencia nostálgica hacia el mundo de recuerdos.

Se ha estudiado la posibilidad de que al iniciarse la decadencia biología el hombre debería compensarla con un impulso creciente del espíritu. Podría ser esta última fase de la existencia de gran actividad interior, ya no habría que depender de condicionamientos sociales. Sin embargo, quizás por la falta de la adecuada preparación, puede ser la vejez, una época de crisis, en la que sólo quedan a nivel humano los recursos que se aprendieron en la juventud, porque la vida se ha limitado al trabajo competitivo, y ocurre que, cuando esa profesión ya no se ejercita ni se necesita, aunque haya definido el modo de ser, falta el humus, y la potencia necesaria para interiorizar.

Si la atención al anciano responde a esa situación, si en realidad sólo se tiene en cuenta lo que su cuerpo refleja; si no se ahonda en la vida humana, la atención, aunque externamente parezca correcta, será falsa, ineficaz, inauténtica.

Pero, además, paradójicamente, la atención del ser humano es tal que, como rezan los refranes populares «no hay mal que por bien o venga» o «cuando una puerta se sierra, otra se abre». Lo que quiero remarcar es que este panorama deja de ser desolador, incluso más, es una riqueza en doble dirección-para el anciano y para el cuidado- cuando el anciano recibe, pudorosa y los más oportunamente que se pueda, la ayuda humana más bonita: el consuelo.

Siempre ocurre y me interesa mucho defenderlo, que no se puede medir del todo si al consolarse da un bien, -que desde luego se da- o si se recibe una riqueza -digamos antropológica, que es algo más humanitaria, inesperada. Parece que, cuando la vida está aparentemente acabando, el consuelo, algo que activamente todos podemos hacer mejor, y que pasivamente todos deseamos que nos ofrezcan en momentos quizás críticos, consigue una dimensión inexplicable, aunque certera, de la nobleza humana.

Consigue la satisfacción de haber sabido cuidar bien. Probablemente, y es un final aún más feliz, la experiencia acumulada por un cuidador de ancianos, conllevará a su vez, una preparación personal idónea no solo para su actitud, sino en orden para cuando sea él el que deba ser atendido, incluso puede llevarle a saber prepararse para envejecer.

 

6. A MODO DE TESTIMONIOS

Además de experiencias personales, tan importantes en este tema, la literatura de todos los tiempos ofrece pruebas evidentísimas de esta necesidad humana de dar y recibir algo más que lo tangible, aunque esto se haga del mejor modo.

Los nobles deseos de justicia y de caridad, presentes en cada uno de nosotros, a pesar de todos los mentís de la historia, pide que la vida tenga un sentido, no para asegurarnos una recompensa egoísta, sino para que la vida sea algo. Para que sea, sencillamente. Y ¿hay sentido sin un tú? Mejor, ¿hay sentido sin un tú y un yo, sin el plus de lo personal? Ya lo anunció Graham Green: «Si fuéramos al fondo de las cosas, ¿no tendríamos compasión incluso de las estrellas?»

Se trata de empaparse solidariamente del dolor ajeno. Todos comprendemos y podemos participar de sentimientos y realidades como las siguientes, extraídas de conocidas novelas:

  • «Qué fastidioso, pero, qué indispensable es el cuerpo»: dirá Frisca en «El secreto de M. Swann». En la misa novela Sara afirma: – «pienso mucho en la soledad, sin duda la más extendida de las enfermedades modernas»
  • «En tres cosas reposa la vida: en el derecho, expresado por la ley; en la verdad, manifestada en el mundo; y en el amor de los hombres que reside en el corazón». «Mis gloriosos hermanos»
  • La primera novela de la noruega Conni Palman, «Las leyes». acogida en Europa como obra maestra, es el relatada la búsqueda de una maduras humana e intelectual, lo importante de esta historia es que, buscando su estilo como escritora, llega a la conclusión de que la belleza de ese estilo dependerá mucho de dolor sueldo que sea capaz de asumir. Habla, por tanto, de la aceleración lúcida de las llamadas leyes de la existencia- el dolor, la vejez, la enfermedad, la muerte, la sociedad incurable. Por ahí está el atractivo de esa edad, lo que puede hacer a los ancianos más sabios, serenos y libres.

Más significativas aparecen las realidades siguientes, también porque encima son reales.

Certeramente describe Möller lo ocurrido en la, día de Simone Weil. Ella entendió el sentido el suprimido, pero fue literalmente devorada por su inteligencia. El drama de su espíritu fue la obsesión de una certeza matemática donde no puede haberla. El racionalismo, dirá este autor, lleva siempre consigo la aparición del extremo opuesto, la obsesión por la materia, Estamos ante una víctima de su soledad espiritual.

Mejor lo entendió Simone de Beauvoir, que aconseja, para que la vejez no se convierta en una caricatura de nuestra vida, diversas soluciones, entre ellas, apreciar la vida de los demás, a través del amor, de la amistad, y de la compasión, así nos mantenemos en el camino humano incluso cuando casi todas las ilusiones hayan desparecido, y nuestro fervor por existir se haya extinguido.

Escuchamos ahora a Marie de Hennezel en su libro «La muerte íntima»: -«he conocido(…) la impotencia ante el avance de la enfermedad, he vivido momentos de rebeldía ante la lenta degradación física de las personas a las que acompañaba, momentos de agotamiento (…) Pero junto con este sufrimiento, tengo la sensación de haberme enriquecido, de haber conocido momentos de un peso humano incomparable, de una profundidad que no cambiaría por nada del mundo (…) sé que no soy la única que los ha vivido (…) mi actividad me ponía en contacto con el dolor, es cierto (…) una ocasión única de intimidad».

Novelado o real el sufrimiento está. Y lo está también en la vejez. Por ello, la necesidad de consolar casi es evidente…aunque no se haga, o al menos como se debe. Quién sabe si esta época nuestra pasará a la historia como una en la que había que gastar tiempo y dar formación para hacer sencillamente lo que hay que hacer

Tiene razón el filósofo Savater cuando defiende que no todas las culturas son igualmente validas. Él aboga y tiene razón, por aquella que convierte en institución la hospitalidad para todos, la que asegura la grandeza de una comunidad.

 

7. CONSOLAR

Lógica y existencialmente llegamos al quid de estas reflexiones: consolar. Quizás, el consuelo más elocuente carece de voz, no se discute, se ejercita, es cuestión de corazón. «Que no hay que explicarlo todo, sino casi todo...» dirá el hijo de la protagonista de «Irse de casa». La misma idea, que ya reconoce Pascal, que el corazón tiene razones que la razón no tiene, que no tenemos las facultades para dar todas las razones de las cosas que, sin embargo, sabemos y podemos hacerlas.

Por mucho que la ciencia avance, es más importante que la persona avance sobre sí misma. La bioética como ciencia multidisciplinar no renuncia a formar, para que se encuentren vías de resolución de errores en la asistencia sanitaria, mejorar las condiciones socioeconómicas, …y muchas otras cuestiones que afectan a las personas mayores.

Pero, en definitiva, de poco serviría si, junto a ellos, no se alivian con la cercanía de seres queridos o seres que se hacen querer. Recuerdo a un psiquiatra que comentaba que la locura de la sociedad actual no es porque hayamos perdido la cabeza, sino porque falta corazón. En la literatura clásica ha sido descrito el corazón como el resumen de la vida humana «dime lo que amas, y te diré quién eres»

Es esclarecedor el planteamiento de Francesco D’Agostino cuando considera la familia como criterio bioético fundamental. El debate bioético ha conquistado una identidad propia y bien perfilada en estos últimos años. Pero se ha hecho un planteamiento «ético» de la bioética, sin ninguna duda, reductivo. Es necesario volver a redescubrir que las cuestiones bioéticas no son axiológicas, son esencialmente antropológicas: compromete en primer término, no la imagen del hombre que queramos construir o defender, sino la defensa de su misma identidad y es precisamente al calor de la familia -no solo a nivel afectivo, sinos también en la dimensión estrictamente jurídica-, donde se construye la subjetividad personal; es el amor familiar el que no desprovee al individuo de la posibilidad de alcanzar la identidad- en todas la condiciones que se encuentre. En la familia, conquista toda su evidencia la intuición que Nietzsche distorsionó dirigiéndola a otros objetos: el tú es más antiguo que el yo.

Quizás, ahora, correspondería realizar una cálida apología del corazón, la que hace la libertad enormemente fecunda para comprender al hombre en su totalidad, para tener compasión -virtud tan maltratada- no solo de la indigencia humana, sino de la grandeza -aunque esté escondida en la indefensión, como es el caso del anciano-, una apología que capta las verdades que son verdades universales, aunque no absolutas. Precisamente por eso, hay mucho campo de iniciativa en la auténtica atención humana de las personas mayores. Es labor personal, intransferible -de artesanía-, que crea encuentros, y despierta la parte más noble que tenemos: muestra lo vivencial y a veces inédito, que toca a cada cual, no tanto tratar de entender, sino madurar y aplicar. Es la ya citada meta en esa libertad de la generosidad, de la gratuidad.

Como muy bien ha afirmado un experto en humanidad: «ninguna institución puede de suyo sustituir el corazón humano, la compasión humana, el amor humano, la iniciativa humana, cuando se tratade salir al encuentro del sufrimiento ajeno»

El hombre afirmará con rotundidad D’Agostino, es, en su principio mismo, homo familiares. El consuelo o es familiar o no lo es. Amar familiarmente no es cosa distinta de amar; pero es adhesión al otro que se reconoce como bueno «¡qué bien que seas, que existas!» señalaba Piepper.

La atención del anciano podrá realizarse en distintos espacios y de diversos modos: en el hospital, atención domiciliaria, en residencias, en asilos, en el propio hogar, etc. Todo eso puede obedecer a diversa circunstancias sociales y culturales, pero la atención sólo será adecuada a su dignidad si abarca esta dimensión del consuelo, que emerge de la familia y en la familia. Es la institución familiar la que sirve o la que debería de servir de soporte a los valores esenciales.

Nuevamente señalará D’Agostino que el valor de la familiaridad no puede ser agotado por ninguna forma ni ninguna estructura social determinada; a todas las esperas y todas se manifiestan, en alguna medida, incapaces de expresarla acabadamente; más al mismo tiempo, ese valor tiene necesidad de las dinámicas culturales para encarnarse, puesto que sólo en la historia, y en las culturas que viven en la historia, pueden cobrar vida. Por todo ello, el consuelo si proviene de ese afecto familiar, puede y debe otorgarse en cualquier contexto social y cultural.

Este trabajo no es pues, un coto a las nuevas posibilidades de atención al anciano, sino una llamada a las potencialidades humanas más nobles.

«El corazón es el verdadero yo», dirá Von Hildebrand. Cuando consolamos a una persona, lo que logramos es que sea su corazón el que nos llame, el que nos dé, el que nos pida. Eso lo entendemos todos. Así es la persona.

Quedan puntos por considerar. Recordemos que consolar es estar de acuerdo con la vida. Como la sonrisa del médico formado en bioética personalista. Como la comprensión hecha de distancia y de experiencia que puede ofrecer a tranquilidad amable del anciano que se sabe y se siente querido.

 

 

Bibliografía complementaria

  1. Möller, Charles. Literatura del siglo XX y Cristianismo. Volumen I. Ed, Gredos. Séptima edición 1970
  2. Hennezel, Marie de. La muerte intima. 1995
  3. Martín -Gaite, Carmen. Irse de casa. Anagrama. 1998
  4. Fast, Howrad, Mis gloriosos hermanos. Edhasa .1995
  5. Shilds, Caril. El secreto de Mary Swann. Tusquest. 1995
  6. Von Hildebrand, Dietrich. El corazón. Palabra. 1998
  7. Guardini, Romano. Las etapas de la vida. Palabra 2ª edic. 2019.
  8. Wojtyla, Karol, Mi visión del hombre. Palabra. 2010
  9. D’Agostino, Francesco, Elementos para una filosofía de la familia. Rialp. 1991
  10. Kovadloff S. El enigma del sufrimiento. Ed. Sudamericana. 2008
  11. Cine y sociedad Pérez Adán (editor). Ediciones internacionales universitarias. 2008
  12. Tomás-Garrido, MC, Tomás-Garrido, GM. La vida humana a través del cine. Ediciones internacionales universitarias. Cuarta edic. 2012
  13. Monje, MA. León, JL El sentido del sufrimiento. Libros mc. 1998

 

 

 

Cómo citar:

Tomás-Garrido, Gloria-María. Dolor y sufrimiento: saber consolar.[internet] Bioética y Ciencias de la Salud. 2024 Julio-Diciembre; Vol 12 (2). DOI: 10.69105/BYCS.2024.12.2.1.2



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