Conoce nuestra época grandes turbulencias herederas de la modernidad tardía que configuran una amplia suerte de incertidumbres, temores y rechazos a tradicionales formas de entender la vida, las personas, las relaciones cívicas. Entre otras notas, padecen las sociedades modernas el neoliberalismo hasta la exaltación de una vida individualista con unos fines de riguroso cumplimiento utilitarista, un estado de continua predisposición al consumismo como motor de los sistemas económicos y sociales, una separación insalvable entre satisfacción y realidad, la primacía del tener por encima de relaciones familiares o solidarias, el fácil recurso a propaganda en medios de comunicación que cuestionan la verdad de las noticias -posverdad-, el afán de plenitud gobernado por los deseos o el emotivismo moral, la pérdida de identidad comunitaria y cívica frente al apogeo febril de la autonomía absoluta, etc.

No en vano, suele atribuirse el auge de la Bioética al señalamiento que el biólogo Van Rensselaer Potter realizó con gran énfasis de la clara disociación entre las tecnologías proveedoras de estos estilos de vida y el desgarro letal que generan en el planeta, que ya en 1970 parecía destinado a sucumbir. Lanzaba su propuesta de tender puentes entre las humanidades y las ciencias positivas, puentes tan necesarios para la supervivencia como complejos en su ansiada reconstrucción.

Cincuenta años después concurren distintos decursos y discursos bioéticos según se enfaticen unas u otras cuestiones y respuestas.

El pasado año cumplieron 90 años dos grandes filósofos quienes, desde sus propios ámbitos, han tratado de afrontar esa situación de perplejidad de los tiempos modernos ya sea en la versión ilustrada de una suprema autonomía racionalista, ya sea en una libertad emotivista e individualista. Ambos son reconocidos expertos en filosofía moral y política que han salido al paso de las consecuencias de ese individualismo consumista.

Alasdair MacIntyre, (Glasgow, 1929) afincado desde 1969 en Estados Unidos propone un particular método narrativo para formular desde la filosofía realista o clásica, la Ética de la virtud como forma de vida cohesionada y cohesionante en las sociedades, siendo un referente en el Comunitarismo personalista.

Jürgen Habermas, (Düsseldorf, 1929) iniciado en la Escuela de Frankfurt, posteriormente su pensamiento evoluciona hacia la Ética del discurso y la democracia participativa desde la convicción de que la racionalidad en la cosa pública puede contribuir a mejorar las sociedades y promover la justicia, sin exclusión de nadie.

Las ciencias de la salud actuales son plenamente herederas de estas ideas modernas y soportan sus consecuencias. Precisamente uno de los más graves problemas al que se enfrentan es la llamada deshumanización de las ciencias sanitarias, del hospital, de los centros de salud. La tecnología acapara el protagonismo hasta en el proceso de morir que en las últimas décadas ha sido extraído de la vida familiar y comunitaria y ocultado en hospitales, tanatorios y crematorios. La vulnerabilidad, la contingencia, la finitud no parecen alentar como antaño al cuidado interpersonal y a la solidaridad, a la corresponsabilidad, sino al contrario, a un rechazo y descarte de vidas humanas con especiales fragilidades. Existe tal rechazo a la muerte como parte de la vida, que hemos abandonado el proceso de duelo cual una atroz pesadilla, patologizando la vida comunitaria y familiar, en una huida deshumanizadora.

Aún más, la posmodernidad ofrece un nuevo horizonte con el concurso de las tecnociencias al hombre deseoso de la pervivencia y del mejoramiento. Esos naturales ideales encuentran respuestas útiles en las corrientes transhumanistas. Cabe cuestionarse con rigor si nivelar el hombre con las máquinas le convierte en alguien mejor, y a la sociedad en más perfecta.

Daniel Callaham (Washington DC, 1930) fallecido el pasado año, estudioso principal del Hastings Center plasmó en “Los fines de la Medicina” (1996) rigurosos análisis y propuestas para garantizar el buen hacer médico en sistemas sanitarios que deben velar por alcanzar la humanización y no sucumbir a los rigores utilitaristas e individualistas.

Elio Sgreccia (Arcevia, 1928), autor también fallecido el pasado año, trató de tender puentes multidisciplinares en la Bioética, desde la convicción del propio valor personal en la igual dignidad entre todos.

Sus propuestas enriquecen el discurso-dilema entre el mejoramiento humanizador o el «enhancement» transhumano-posthumano.

Inauguramos en este número una sección donde nos acercamos a temas sustanciales a través de los artistas que siempre nos enseñan sobre las personas, las relaciones intersubjetivas, la Belleza, la Vida.

Repensar la Bioética desde las Éticas del cuidado, de la virtud, del diálogo, del mutuo reconocimiento interpersonal en la práctica clínica o en la investigación, puede ser uno de los retos abiertos al futuro. Hacer un mundo menos inhóspito, es decir más hospitalario y acogedor, un hogar donde compartamos nuestra Humanidad.



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