Nunca se puede separar en la persona su indigencia y su grandeza.

En esta Pandemia por el SARS-Cov-2, en la que la indigencia, la vulnerabilidad, son protagonistas en los hogares, en la calle y en los centros sanitarios, vale la pena trabajar, desde ahora, para lograr que el hombre vulnerable se apoye en su grandeza, y que el poderoso, reconozca su debilidad, de modo que entre todos, y cada uno en su lugar logremos un mundo mejor.

Algunas cuestiones pueden facilitar esas metas.

La persona es un ser natural, producto de la naturaleza, teniendo con ella una relación simbiótica, pero también de vulnerabilidad ante el poder de la naturaleza como se ha visto en la Pandemia Covid-19.

En la medida que más se conozca el funcionamiento de la naturaleza y sus posibles consecuencias, se puede cooperar con ella, no en su destrucción, sino incluso en adelantarse a su ciclos. Hay que avanzar en una búsqueda intelectual, profesional y ética por parte de los ciudadanos y más particularmente, de los que trabajan en campos que directamente inciden en la dimensión corporal -natural- de la persona. Puesto que la persona es constitutivamente superior a la naturaleza, por su dimensión espiritual -en el más amplio sentido- puede protegerse a sí misma, respetando el mundo natural y así conocer y prever, en cierta medida, sus ciclos. Es un importante desafío. Esta realidad conlleva estudiar y reconocer el sentido propio y significado de la vida de modo que se aprenda y se viva el reconocer y otorgar gradualmente la dignidad que corresponde tanto al mundo creado, como al construido y muy particularmente, sin solución de continuidad, a la persona.

Por ello en este mundo globalizado, se precisa una protección social y una cooperación científica a escala internacional. La sociedad y, cada uno de los que la constituyen, con sus heridas y sus contradicciones, con sus interrogantes y aspiraciones, precisa mantener y mejorar las relaciones profesionales, que siempre deberán tener y enriquecer, una dimensión personal. No hacerlo así es traicionar y renegar es en primer lugar de la grandeza de la persona y olvidar su dimensión natural.

La experiencia personal y colectiva de la propia incapacidad no se soluciona con sentimentalismos, con buenismos, con burocracias innecesarias… y, mucho menos, con soledad. No se pueden leer los problemas humanos únicamente como problemas individuales. La persona ontológicamente «es»; pero su ser se forja en las relaciones y, muy particularmente, en las relaciones respetuosas, cálidas, amistosas, amables; en definitiva, amorosas.

A nivel del profesional biosanitario además de prevenir y tratar de curar, el protagonismo en las tareas propias la ha tenido siempre el «cuidado». «Healing, curing, caring and helping» (Sanar, curar, cuidar y ayudar) como matrices de la ética médica según enseñó Edmund Pellegrino (Georgetown. 1920-2013). Reconocer la propia vulnerabilidad nos hace deudores de los demás. Reconocer la propia grandeza nos hace acreedores de los otros. Proteger las relaciones amables forma parte de una gran revolución en el entendimiento de la profesionalidad. La atención centrada en la personas como modo de actuación que incluso en lo más crudo de la epidemia ha permitido a familiares acompañar a sus seres queridos moribundos en UCI de España. Sobreponerse al temor para dar la mejor atención posible, aún en escenarios de recursos escasos.

Por tanto ese percibir siempre al otro, incluso como un don que se me ofrece y exige, por su indigencia y por su grandeza, un plus de atención gratificante de modo que ante la resignación por el dolor o el sufrimiento, o ante la altanería por el poder, haya en todo caso, tal  relación acogida que vaya consolidando en uno mismo y en los otros,  el desvelamiento de nuestro mejor yo.

El Comité de Bioética de España emitió diversos un informe sobre la toma de decisiones y criterios que podrían ser guía para la misma en situaciones de gran demanda de bienes complejos y escasos. Especialmente fue sensible al drama de la alta mortalidad en situaciones de soledad y falta de acompañamiento debido a la contagiosidad de la enfermedad y la necesidad de favorecer la protección. Y finalmente, también dió orientaciones sobre la investigación que aceleradamente busca tratamientos o vacunas para frenar la expensión de la enfermedad.

Estábamos en los umbrales de una nueva era poshumana (1), a cargo de desarrollos de inteligencia artificial y humanos mejorados por la tecnología o la genética, estábamos en los umbrales de unos objetivos de superación de las enfermedades y aún la mortalidad como muchos científicos proclamaban y de nuevo como en tantas crisis cíclicas anteriores aparece un agente natural que trastoca todas las ambiciones del hombre posmoderno y le refleja en el espejo de la propia humanidad compartida.

Hace 50 años Potter, elevó su voz para alertarnos de la responsabilidad de las aplicaciones científicas y tecnológicas sobre la naturaleza del planeta que habitamos y su impacto directo en su y nuestra supervivencia(2). La propia naturaleza y nuestra dependencia nos sitúa frente a la grandeza de las criaturas y de las personas, nos posiciona en la ética, en la bioética.

 

 

(1) Teixeira-Costa, F. Retos antropológicos del transhumanismo. El perfil antropológico del inter-esse. Un ensayo crítico de Leonardo Polo.  Bioética y Ciencias de la Salud. [internet] Enero-Junio Vol 8 (1) 2020.

(2) Van Rensselaer Potter, «Bioethics: Bridge to the Future» Englewood Cliffs, NJ: Prentice-Hall Pub., 1971.



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