Artículo especial.
DOI: 10.69105/BYCS.2022.10.2.1.2
Fernando-María Pérez-Pérez
Especialista en Medicina familiar y comunitaria y en Medicina intensiva.
EMPRESA DE EMERGENCIAS SANITARIAS
El estallido de la guerra en Ucrania hizo que por las noches me acostase con las terribles imágenes de la devastación y tragedia humana por los misiles en la vieja Europa, a 3 horas de avión de mi domicilio. Cuando Paloma, mi mujer, se dormía, yo me quedaba pensando qué podría hacer para poner mi granito de arena.
Había algunas personas que decidieron ir allí para ayudar de diferentes formas. Yo pensaba que podría ir a ayudar como médico de urgencias y emergencias, pero mirando a Paloma a mi lado, nunca pensé decírselo para no ocasionar desavenencias en mi casa.
Ocurrió que en una comida en casa, se lo expuse a Paloma y ella me dijo: “yo no quiero socavar tu libertad”. Nunca se conoce bien a la mujer con la que llevas casado más de 20 años. Perplejo le insistí: “¿me dejas ir a la guerra?” Me contestó: “Si eso es lo que quieres hacer, tú eres libre.”
Ante la reiterada afirmación de Paloma, llamé a Antonio, el Director de mi Servicio para saber si me daba permiso. Respondió afirmativamente siempre que dejara cubiertas mis guardias y no fuera verano.
Así que cuando mi hijo Pablo volvía de clases le informamos de mi decisión de ir a ayudar a Ucrania. Se quedó muy impresionado.
Con los dos permisos recién obtenidos envié un mensaje en el chat de mis compañeros del Centro de Emergencias Sanitarias para despedirme de ellos. No invité a ninguno: sólo informaba de mi decisión.
La sorpresa fue que en poco tiempo 8 compañeros se apuntaron a ir conmigo “a la guerra”. Una enfermera me sugirió hacer un chat para estar en contacto entre nosotros.
Inicié los trámites en nuestra propia empresa, que siempre había asistido a desastres naturales. Pero en este caso se trataba de una guerra y “se necesitaba cobertura internacional”, que no había. Lo confirmé con algunos amigos militares acostumbrados a asistir en estas misiones humanitarias.
Entonces intenté personalmente acudir mediante diversas instituciones internacionales, pero me contestaban que tampoco era posible al ser una acción bélica.
Nuestro empuje fue tal que decidimos ir a Polonia, cerca de la frontera de Ucrania en una furgoneta y ofrecernos allí como sanitarios. Pero un enfermero polaco, amigo de uno de los enfermeros del chat, insistió en que no lo hiciéramos, porque estorbaríamos al tener Polonia la asistencia ya organizada, de modo que, en caso de ir, ocasionaríamos nuevas necesidades de infraestructura.
Por aquel entonces se organizaron manifestaciones en apoyo de Ucrania en El Puerto de Santa María y en Cádiz. Allí conocí a una comunidad de ucranianos de las ciudades de la bahía de Cádiz que estaban organizando diversas actividades de apoyo a Ucrania, incluyendo el envío de un tráiler con una periodicidad inicialmente semanal, que contenía alimentos y material sanitario.
Al no poder ir a la guerra, los integrantes del chat decidimos ayudar localmente, en diversas actividades como la recolección de alimentos, material sanitario, dinero, organización de furgonetas para recogida de familias acogidas que huían de la guerra, acogimiento de familias, ayuda económica al acogimiento, difusión del apoyo en diversos centros…
Cada uno aportaba lo que podía. Un amigo policía nacional se ofreció a ayudar en la orientación para obtención de visados, una conocida periodista publicaba historias de personas que colaboraban de diferentes modos, un empresario organizó una caravana con 12 furgonetas, dos enfermeros de mi empresa se ofrecieron como refuerzo de esa caravana…
Un desconocido de uno de los chats me puso en contacto con Ariadna, una ucraniana alumna de la Universidad de Cádiz que traducía las noticias de Radio Nacional de España en Ucrania y hablaba perfectamente español. A su vez, me puso en contacto con la responsable de Salud de Ucrania que nos respondía que sólo necesitaban médicos y enfermeros para el frente de batalla, pero no ayuda en hospitales. Sí necesitaban urgentemente material sanitario.
Así que todo parecía que iba a quedar a nivel local porque resultaba imposible ir a Ucrania (ninguno de nosotros estaba dispuesto a ir al frente de batalla donde las posibilidades de muerte eran enormes). Continuamos colaborando muy activamente con la comunidad ucraniana local.
Nos pusieron en contacto con una ONG formada por varios empresarios de la zona que tenían previsto llevar 12 furgonetas a la frontera polaca para llevar material y traerse a España familias ucranianas. Necesitaban al menos un sanitario. Participaron 2 de nuestros enfermeros y hubo que conseguir 1500 euros en poco tiempo para combustible para una furgoneta extra para ellos.
Empezaron a llegar familias ucranianas acogidas en España y hubo que colaborar con sus documentos, idioma, acomodación, escolarización, etc.
Y un día llegó a mi teléfono un mensaje en el que se decía que SAMU necesitaba médicos y enfermeros para ayudar a Ucrania. Me puse en contacto con la empresa, veterana en formación sanitaria extrahospitalaria y asistencia a desastres naturales.
Absorto en tanta actividad a favor de los que quedaban en Ucrania y de las familias ucranianas alojadas aquí, y después de tanto tiempo pensando que no sería posible ir allí, me dió cierta pereza retomar la idea original de acudir a la frontera, pues me parecía que aquí ya estaba colaborando bastante.
Hubo un hecho que me marcó. Escuché a mi hijo decirle a mi esposa: “papá ¿no se iba a ir a Ucrania?” Me pareció muy importante dejarle claro que hay situaciones en las que todos tenemos que aportar nuestro pequeño granito de arena. A mí siempre me viene a la memoria el horror nacionalsocialista (nazi). Son muchas las películas basadas en hechos reales en que se pone de manifiesto que esos pequeños granos de arena de personas normales dieron fruto salvando y mejorando las condiciones de vida de muchos judíos y otras víctimas de los campos de concentración y el holocausto.
Así que, si bien el móvil inicial era ayudar a los ucranianos, injustamente invadidos en una guerra horrible, cruel y absolutamente injustificable, ahora era dar ejemplo a mi hijo de que algunas situaciones exigen un pequeño esfuerzo de todos y también ejemplo de coherencia.
IV Contingente SAMU de ayuda a Ucrania
Llegó el deseado día 2 de mayo en que empezaba nuestra aventura humanitaria. Formaba parte del IV Contingente SAMU de ayuda a Ucrania. Éramos 9 profesionales de toda España: un médico de Valladolid –en realidad catalán afincado en Valladolid-, otro de Barcelona, una enfermera de Burgos, otra de Valencia y una tercera de Alicante y tres técnicos de emergencias de Sevilla.
Para mí fue impactante conocer la valía humana de estos profesionales. Fue la primera satisfacción de mi viaje solidario a la frontera de Ucrania. Antes de salir, en el retraso del avión en el aeropuerto de Sevilla, pude comprobar que todos habían participado ya en alguna aventura solidaria e incluso formado parte de la creación y organización de una ONG con proyectos humanitarios.
Nuestro cometido era formar parte de un “E.M.T.” (Emergency Medical Team) tipo 1 (básico) de la Organización Mundial de la Salud, en contacto permanente con el “CC” (Centro Coordinador) de la Organización Mundial de la Salud. Un equipo formado por médico, enfermero y técnico prestarían sus servicios en la frontera de Isaccea (Rumanía) y dos equipos, igualmente formados por médico, enfermero y técnico, prestarían sus servicios en MoldExpo, palacio de Congresos y Exposiciones de Moldavia en Chisinau (Moldavia), convertido primero en improvisado hospital COVID y luego reconvertido en centro de acogida a familias ucranianas.
Pesaba la amenaza de que Rusia iba a invadir Moldavia (de hecho desde 1990 tiene allí tropas en Transnistria, región prorrusa de Moldavia) y de que el famoso día 9 de mayo –celebración importante en la zona de la victoria sobre los nazis- podría ocurrir. Además, en esos momentos pesaba la amenaza de guerra nuclear y estaríamos muy próximos geográficamente.
Gracias a la organización de SAMU y al previsto “código amarillo” pudimos llevar esa eventualidad con tranquilidad. No podíamos pasear solos, siempre en compañía y geolocalizados con ubicación en tiempo real de Google, llevando encima dinero moldavo para cualquier eventualidad, pasaporte y ropa interior y material de aseo. Teníamos ensayadas varios posibles puestos fronterizos para dejar Moldavia.
Gracias a Dios no hizo falta activar ese “código amarillo”.
Nada más llegar a Chisinau cenamos en un restaurante con los equipos salientes del III Contingente. También tuve la satisfacción de conocer a Pedro, médico jubilado especialista en digestivo que junto con su amigo ginecólogo, también jubilado, no se pierden una acción humanitaria. Me dijo que así quitan su espinita de seguir ejerciendo la Medicina al no estar ya en activo.
MoldExpo (Chisinau, Moldavia)
MoldExpo era un palacio de Congresos y Exposiciones habilitado como hospital COVID, con habitaciones con espacio justo para una cama y la mesilla paneladas de forma elemental. Nada más terminar el COVID comenzó la guerra y por eso las autoridades de Moldavia decidieron utilizar dichas instalaciones para acogimiento provisional de familias ucranianas. La idea era buena y el lugar parecía idóneo por las zonas arboladas en los alrededores. Pero las instalaciones eran demasiado básicas.
Allí disponíamos de un recinto para prestar asistencia sanitaria digna, con zona de espera, zona de consultas, camilla de urgencias, zona de observación con dos camas, almacén y zona de estar y limpieza. Atendíamos todas las asistencias sanitarias que se precisaban de 8 a 20 horas. Las emergencias teníamos que derivarlas al 112 moldavo, así como las enfermedades mentales y oncológicas, que también las asumía de forma rápida el Sistema de Salud moldavo. Toda enfermedad que no era mental u oncológica era atendida por nosotros.
Nos impresionó mucho ver a tantas mujeres ucranianas con sus hijos vivir, aunque sea de forma transitoria, en un espacio tan reducido y dejando atrás a sus esposos, amigos, hermanos, casa, vida,… en algunos casos todo destruido y en otros sin saber si cualquier día caería un misil.
Nosotros acogíamos fundamentalmente a familias ucranianas de Odesa, que era foco de los misiles en ese momento y que estaba a poco más de 100 kms. Sin embargo, la destrucción de los puentes por los propios ucranianos para que los rusos no avanzaran y el evitar la zona prorrusa de Transnistria, hacía que para llegar, tuvieran que recorrer unos 350 kms y por carreteras en muy mal estado.
Cuando llegaba un autobús teníamos muchas pacientes con crisis de ansiedad, llanto, temblores y crisis hipertensivas que iban cediendo a base de asumir su situación y con la ayuda de valeriana o benzodiacepinas. A los pocos días nos contaban que estaban en un programa de acogida de algún país (por aquellas fechas eran Suecia, Alemania y Reino Unido).
Pero había cada vez más mujeres ucranianas mayores que habían perdido a todos sus familiares y procedían de poblaciones arrasadas y convertidas en escombros, que ellas mismas decían que de allí no se movían. Y tomaron MoldExpo como su lugar de residencia. Ese fue el motivo por el que llegamos a intimar con algunas abuelas ucranianas.
Eran más de trescientas mujeres con más de cien niños la población acogida que atendimos. Los varones que atendíamos eran pocos y presentaban cáncer o alguna condición de salud que les impedía estar en el frente de batalla.
El trato con ellos fue inolvidable por su educación, gratitud… Teníamos que echar mano de traductores moldavos del ucraniano al inglés para poder atenderlas y, en ocasiones, del traductor Google. Dos traductores eran estudiantes de 5º curso de Medicina, por lo que resultaban muy útiles y colaboradores. Hicimos amistad con ellos.
En MoldExpo estuve prestando asistencia médica la primera y la última semana de mi voluntariado. Íbamos cambiando de enfermera y técnico cada semana para conocernos todos. Fue una experiencia enriquecedora.
Pabellón de MoldExpo y Puesto SAMU:
Puesto fronterizo de Isaccea (Rumanía) junto al Danubio
Una semana estuve en el puesto fronterizo entre Rumanía y Ucrania, junto al Danubio. Se veía Ucrania al otro lado del Danubio. Este puesto, en una población muy pequeña, en condiciones normales apenas tenía infraestructura.
Ahora, por el éxodo de familias ucranianas se organizaron instalaciones temporales para que varias ONG incluida Cruz Roja Rumanía pudieran desarrollar allí su labor, así como el 112 rumano (sistema de emergencias médicas rumano), Pompierii (bomberos rumanos) y sus paramédicos, diversas instituciones policiales (policía de frontera rumana, policía secreta rumana, Frontex…). Se organizó hasta una carpa para atención a las mascotas.
Al no disponer de infraestructuras para residir, SAMU nos alojó en un hotel en Tulcea (Rumanía), población situada en el delta del Danubio a unos 40 kilómetros de Isaccea. Eso hizo que diariamente tuviéramos que hacer bastantes kilómetros por esas carreteras.
Si bien en Moldavia hacía frío, en Isaccea nos tocó vivir a 40,5ºC a las 10 de la mañana en el mes de mayo. Era sinceramente sofocante. Resultaba prácticamente imposible atender a nadie en nuestro hospital de campaña montado allí. Afortunadamente no hizo falta. Terminada la semana a más de 40ºC, pasamos a los 8ºC en Moldavia.
En Isaccea ofrecíamos asistencia médica gratuita a todos los migrantes procedentes de Ucrania que lo solicitaran. Cubríamos desde el primer ferry (más bien barcaza) hasta el último. El tiempo libre nos dio ocasión de hacer amistad con voluntarios, policías de Frontex, y algún enfermero del 112 rumano.
Impresionaba ver llegar a personas que huyen a pie de la guerra, con sus hijos, algunas mascotas y 1 ó 2 maletas que han podido llevarse consigo. También llegaban con mucha ansiedad, temblor, llanto y cifras tensionales elevadas.
Y confortaba ver el esfuerzo y el cariño aportados por los voluntarios y policías rumanos a todas esas personas.
Frontera Rumana con puerto en el Danubio llegando refugiados:
Puesto de SAMU:
Algunas consideraciones
Pensándolo bien, no es que hayamos hecho algo heroico o llamativo. No hemos atendido grandes patologías ni a heridos de guerra. Pero hemos sido todos los integrantes del IV Contingente muy felices porque hemos aportado nuestro granito de arena para paliar esta locura.
Será una experiencia inolvidable para nosotros y, supongo, que también para más de una familia ucraniana, que recordarán cómo había muchos voluntarios en Moldavia y Rumanía (países muy pobres) dejándose la piel por ofrecerles cariño, agua, un bocadillo, un juguete al niño, una sonrisa, un llevar un rato su maleta, tomar la tensión arterial, ofrecer asistencia médica o de enfermería, darles la medicación necesaria a los enfermos crónicos, …
Hemos formado un grupo de chat para seguir en contacto de vuelta en España. Óscar, el médico vallisoletano, al poco tiempo partió para Gambia, donde continúa su labor médica solidaria a través de una ONG que él mismo ha fundado ( AYEPU “Ayuda a los pueblos”).
Ahora, cuando recibimos noticias de Ucrania, Moldavia y la frontera rumana lo vemos como algo más cercano, más nuestro.
Y también nos han quedado ganas de ir a hacer voluntariado a Moldavia, país con la renta per cápita más baja de Europa, y a Rumanía. Queda todavía mucho por hacer en estos países que se han desvivido por ayudar a su vecina Ucrania.
Cómo citar:
Pérez-Pérez F-M. «Granito de arena». Bioética y ciencias de la salud 2022;10 (2) DOI: 10.69105/BYCS.2022.10.2.1.2
Actualización: 21-07-2025

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