Gloria Tomás Garrido

Catedrática Honoraria de Bioética

 

 

HOSPITALARIOS: LAS MANOS DE LA VIRGEN. AÑO: 2018. PAÍS: ESPAÑA. DIRECTOR: JESÚS GARCÍA COLOMER

 

La sinopsis oficial nos dice que se trata de lo que ocurre en una pequeña aldea al sur de Francia, que es, desde 1858, el destino de unos inverosímiles viajes: hombres y mujeres con todo tipo de dolencias y enfermedades que, por sí mismos o llevados por otros, llegan en peregrinación a la conocida como Gruta de Lourdes. Dirigida por Jesús García Colomer -autor de algunos libros en los que destaca el significado de la transcendencia de cada persona- debuta como realizador en el campo de cine-documental, logrando un trabajo sereno acerca de los voluntarios que acompañan y ayudan a los numerosos enfermos, probablemente superando los dos millones cada año, que peregrinan cada año principalmente desde España y de la misma Francia, a la gruta de Lourdes para pedir a la Virgen su intercesión.

 Como el mismo director ha explicado se lanzó al mundo audiovisual empujado por la fuerza de las escenas que se quedaron grabadas en su mente cuando visitó primera vez el santuario en 2013. «Fui a disgusto arrastrado por un amigo», admite. Pero su chip cambió cuando conoció «a gente que en situaciones tan crudas aporta un mensaje de luz», así como «la apuesta tan radical por el otro como la de los hospitalarios». Y se dijo a sí mismo que aquello merecía ser dado a conocer. «Me lié la manta a la cabeza» y con algunos compañeros «introdujimos varias cámaras en las peregrinaciones», tanto en los autobuses, como en el hospital, y «se grabó todo lo que se podía grabar como si de un »reallity» se tratara». Sin guión y sin expectativas. El resultado: «Un documental realizado en Lourdes pero que no es de Lourdes. Un documental sobre el enfermo y la dignidad humana más allá de las circunstancias de cada uno».

García Colomer insiste: “No me atrae el mundo del ‘enfermo’ ni los voluntariados vinculados a sus cuidados. Pero, desde la primera vez que fui a Lourdes con la Hospitalidad de Madrid, ya que no valgo para hacer esa labor tan abnegada y necesaria, quise contar la historia de los que sí que lo hacen. Poco a poco fuimos grabando y, a cada paso que dábamos, el proyecto crecía, y nosotros nos hacíamos pequeñitos a su lado. Ahora que veo el documental terminado me parece muy poco comparado con lo que ellos, enfermos y hospitalarios, me han dado. Tan sólo aspiro a que sirva para que haya gente que descubra que la dignidad humana y el valor de la fe están muy por encima de capacidades o discapacidades, de etiquetas y prejuicios. A mí ellos me lo han enseñado”.

Y su actitud coinciden certeramente con los que ven los enfermos -recogemos el testimonio de Antonio- y los voluntarios -como el de Begoña-; ambos, como del director, dicen existencialmente lo mismo: la principal curación en Lourdes es la recuperación y fortalecimientos de la verdadera alegría. Escuchamos a Antonio, “Yo me he curado. Sigo en la silla de ruedas, pero me he curado el alma. Que me hacía más falta todavía”. Escuchemos también a Begoña, que acudió por vez primera  como «hospitalaria» en 2007, y comenta que fue un jarro de agua fría. Pero desde entonces no ha fallado ni una vez porque allí aprendió una lección de vida más valiosa, que la mayor felicidad es darse a los demás. Y especialmente, a los que más sufren.

En Hospitalarios no se hace hincapié en los milagros que tantas veces ocurren allí, sino en el aprendizaje de ser persona con la realidad que en estos lugares aparece con especial resplandor, que es lo que vale la pena. En la vida de nuestro mundo desarrollado cuántas veces huimos de la realidad, creándonos a la postre, problemas vanos y necesidades inverosímiles. Es estupendo ver en este documental como se cuentan historias de conversión variopintas: el que acude a la Virgen sin creer en nada; los que van enfadados, los voluntarios casi falsos que se han apuntado a la peregrinación para quitarse de un plumazo los créditos de la obra social de la universidad, los voluntarios esforzados y de verdad…

Esta película no pretende dar lecciones a nadie, pero lo consigue. Introduce una voz en off, femenina, quizás quiere reflejar la Virgen, y van apareciendo imágenes de equipos de baloncesto, ciclismo, etc., algo sugerente en donde se enfatiza la suerte de formar equipo y que lo importante es la Virgen y acercarse a Ella, y con Ella, al otro, al que hay que atender en lo más básico, y al que hay que sonreír en lo más profundo.

 Lógicamente, el resultando, es una deliciosa y ejemplar compenetración de unos con otros: todos y todo aporta. Se ve crudamente el dolor, el sufrimiento, la enfermedad y, paradójicamente, se palpa la generosidad, el amor, el gozo…no se sabe a primera vista que ayuda más, si la necesidad o la liberalidad, si aportan más los voluntarios o los enfermos. En medio de mucho sufrimiento se ve alegría. Por parte de los enfermos, pero también de los voluntarios que hacen jornadas maratonianas para servirlos. Anima ver como es, o como puede llegar a ser, el corazón de estos hospitalarios cuando descubren o redescubren la realidad de ver a Cristo en el otro. Nada más y nada menos. Salir de uno mismo es necesario, pero la diferencia es que cuanto más se sale más se recibe por parte de Dios a través de las personas a las que ayudan. Estamos durante hora y media en una catequesis viva y vivificante; se explica de manera visual y directa al corazón lo que es cargar con la cruz, el sentido cristiano del sufrimiento, el darse a los demás y el agradecimiento a Dios en toda circunstancia y situación.  

Y la Bioética, en tanto respeto, amor y defensa de cada vida, puede debe estar enriquecida con la transcendencia, lo especifico y misterioso de cada persona.

 



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