Gloria Mª Tomás-Garrido
Catedrática Honoraria de Bioética
UCAM
No me resisto al comenzar esta colaboración a copiar el primer párrafo del articulista Paco Sánchez (La Voz de Galicia), que lo escribió en el mes de junio pasado. Dice así: “Muchos conocerán ya la palabra antifrágil, inventada por Nassim Nicholas Taleb, un autor norteamericano de origen libanés, que formuló también la teoría de los cisnes negros. No existía, a su juicio, ningún término capaz de amparar el concepto contrario al de frágil. Lo antifrágil, viene a decir, no solo es irrompible, no solo es robusto, sino que, cuanto mayor maltrato padece, más fuerte y mejor se hace. Un paquete antifrágil, por tanto, debería llevar pegada la advertencia: agítese, maltrátese. Porque, en el fondo, cualquier acción que pretendiera dañarlo lo mejoraría”.
Nuestra sociedad -desde los científicos a los políticos con todo el abanico de posibilidades intermedias- lucha denodadamente para evitar todo tipo de golpes como el dolor, la vulnerabilidad en toda su amplitud y, en definitiva, cualquier tipo de carencias humanas. En sí, esta actitud es digna de respeto y de admiración, pero esas posibilidades se resquebrajan, cuando para lograrlo, se distorsiona a la persona que, como criatura dotada de necesidad de infinito, tiene que convivir siempre con carencias; hasta existencialmente cualquiera, si es auténtico y honrado puede reconocerse así: persona con defectos, persona con dificultades, persona con anhelos.
La bioética personalista, desde distintos ángulos, también profundos y rigurosos, trata de dar luz para que, ante situaciones tantas veces dolorosas e inevitables, sean asumidas y, en la medida de lo posible, transformadas por la propia persona, de modo que encuentre modos que le ayuden a solucionarlas si es posible, a madurarla si ha de convivir con ella y, siempre, a aumentar la felicidad posible en esta vida.
En esta línea, esta vez aconsejamos la lectura del libro “El árbol de la cerezas”, primera novela de la periodista italiana Paola Peretti. Hace dieciséis años descubrió que padecía la enfermedad de Stargardt, una dolencia incurable que causa la pérdida progresiva de visión. Aprovechó esa situación “antifrágil” para escribir el libro que ahora comentamos. Este es su argumento.
Mafalda es una niña de nueve años que le encanta jugar al futbol, distraerse con su gato, que se llama Ottimo, e incluso ir a clase. Además está convencida de que el espíritu de su querida abuela vive en el cerezo que hay en el patio de la escuela. Mafalda siempre cuenta lo pasos desde su casa a la escuela…para no perderse ver al cerezo, pues ella padece la enfermedad de Stargardt que la está dejando ciega poco a poco. Por eso cada vez está más atenta al número de pasos.
Pero Mafalda es valiente y lucha por aceptar esa oscuridad que se aproxima a su visa a pasos de gigante. Cuenta con Estella, su amiga, que es la conserje de la escuela. Con ella aprenderá a subir al cerezo con los ojos cerrados y a otra cosa no menos importante, que es hacer una lista de las cosas que más le gustan y que no quiere olvidar.
En el libro van saliendo distintos personajes y como se relacionan con Mafalda, que a cada uno, transmite su ternura y una fuerza contagiosa. Es una niña Antifrágil
Y… las preguntas clave que vale la pena hacerse, podría ser las siguientes es la siguiente ¿Somos aún capaces de recuperar lo esencial, lo verdaderamente valioso de nuestra experiencia vital? ¿Es posible conservar aquello que conocemos y amamos, y a la vez dar un salto hacia lo desconocido? Escuchemos antes de responder, un pensamiento de nuestra pequeña protagonista: «A todos los niños les da miedo la oscuridad, y a mí también, porque para mí la oscuridad es una venda en los ojos que me puse para jugar y ya no pude quitarme». Mafalda conoce, más temprano que muchos otros, el vacío de la pérdida pero también la belleza infinita de la amistad y el amor, y aprende que la aceptación no es renuncia. La pequeña irradia una luz que es poesía pura, o mejor es la profunda suerte de un verdadero corazón humano. Se ha dicho de este libro que es «Sorprendente como Nada, esencial como El Principito, universal como El Barón Rampante y original como La elegancia del erizo».
Mafalda conmueve, despierta ternura. Es una niña que sufre en silencio, que renuncia a cosas que una vez fueron importantes para ella, que lucha por ser valiente y aceptar los cambios que se producen en su vida, mientras intenta seguir el consejo de su amiga Estella y descubrir lo que es esencial, como lo era la rosa para El Principito. «Encuentra tu rosa, Mafalda. Lo que para ti es esencial. Una cosa que puedas hacer sin ojos».
Los personajes secundarios que le acompañan en su caminar hacia la oscuridad son diversos. Hay amigos que tras recorrer un breve trayecto se dejan atrás, como Chiara, y nuevos amigos que se quedan, como Filippo, que le enseña a disfrutar de cosas para las que no necesita ver, como cantar o sentir el viento cuando se deslizan en trineo por la nieve.
En realidad, El árbol de las cerezas es para algunos una novela corta, para otros un cuento largo, para mí, y ojalá para los que ahora leéis este articulo una lección de bioética sencilla y profunda, conmovedora y positiva que nos hace reflexionar sobre lo esencial de la vida y la importancia de no rendirse jamás, de dejarse ayudar y de prestar a todos la libertad del corazón para obrar el bien.

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