Probablemente, ya no quede nadie que no esté familiarizado con la Inteligencia artificial (IA). No son pocos lo que se suman a sus ventajas, siendo casi evidente que sus prometidas bondades pasan por una sensible inversión de fondos, susceptible de recuperación en I+D. Sus temidas fallas -tantas veces reales y verificadas- asustan con daños globales. Unos y otros enfatizan aquí y allá por el desarrollo controlado, y en no pocos foros elevan la voz para que se imponga una guía ética que posibilite la aparición de modos artificiales de inteligencia prudente y responsable: ética.
Ante la IA, la autonomía personal va a quedar ensombrecida. Las IA que responderán, facilitarán, y hasta decidirán, lo harán sin implicar la personalidad del humano que interactúa con ellas. Una persona no puede ser reducida a un instrumento o mecanismo, ni aún a un organismo creativo. La comunidad moral de las sociedades, la ética comunicativa, no encontrarán ecos en la IA. Las dimensiones de cuidar, solidarizarnos, movernos a compasión, confiar en cada uno, satisfacernos por alcanzar un bien común, solucionar imprevistos, etc., escapan a la racionalidad escueta, y al consenso de corte político o parlamentario. Precisan alma sensible y espíritu. Precisan corporeidad, tacto y contacto humano.
La educación como función personal con clara consecuencia social, ha de implicarse en esta aproximación a los desarrollos futuros, muy mediados por la IA. Los ciudadanos son los motores y han de ser también los directores. No sólo encontramos en las distopias como «un mundo feliz» [1] o «1984» [2] ejemplos plausibles de ciudadanos manipulados y perseguidos. Aquí, la Bioética en todos sus campos, y quizás principalmente, la Bioética narrativa acude en apoyo del proceso de formarse; en ayuda en tantos aspectos como la educación, la cultura, en los mismos procesos de cambios vitales personales, y particularmente en el ámbito sanitario puede resultar en una valiosa función terapéutica.
La IA está proyectándose también como coadyuvante en los cuidados de las personas mayores; algo que se antoja como uno de los mayores engaños. Tengamos en cuenta una reflexión previa dentro de la larga existencia de la humanidad sobre la Tierra: el trabajo de cuidar es humano o no será. Los mayores como parte constitutiva y constructiva de la sociedad requieren derechos propios reconocidos y modelos asistenciales socio sanitarios centrados, no tanto en las enfermedades sino en las personas, sobre manera, las vulnerables y enfermas. Algo ya tremendamente extendido en la demanda, pero lamentablemente perezoso en la modificación de los sistemas. Y no será por escasez de foros, congresos, sociedades científicas o pensadores manifiestamente contrarios al edadismo.
Son necesarios indudablemente estos momentos de encuentros y crecimiento entre la filosofía y las ciencias, como justa respuesta a las demandas éticas, humanistas y humanizadoras.
Como el profesor Johan Rodult expresó poéticamente en «Digital Dust» [3], el progreso de las ciencias, anhela la carne, el alma y el corazón humanos. Y ahí, está el papel de la Bioética.
A man of steel. I desire
An artificial heart.
Simulated soul.
Chasing the philosopher’s stone.
- Huxley A. «A brave new world». 1932
- Orwell G. «1984». 1949
- Roduit JAR. Digital dust. Medical Humanities. Published Online First: 08 August 2017. doi:10.1136/medhum-2017-011265. https://dx.doi.org/10.1136/medhum-2017-011265
DOI: 10.69105/BYCS.2025.13.2.0
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